6 de mayo de 2016

Svetlana Aleksiévich recibió en 2015 el Premio Nobel de Literatura y no se equivocaron. Esta autora mezcla su labor de periodista con la literatura creando así un nuevo género que podemos ver en todos sus libros (La guerra no tiene rostro de mujer, Los chicos de cinc o El fin del “Homo sovieticus”). A pesar de ser una proeza dentro del ámbito de las letras, no dejaron de aparecer voces discordantes sobre el periodismo visto como literatura a pesar de la existencia de otros galardonados que pertenecían al mundo de las crónicas de los que nunca surgieron dudas sobre su Nobel, como es el caso de Gabriel García Márquez.

Lo especial de Voces de Chernóbil reside en la manera de contar este episodio que marcó nuestra historia. El libro se compone de tres partes, cada una de ellas formada por numerosas entrevistas a distintas personas de edades y vidas diferentes; está ordenado de manera que al pasar de un relato a otro tenga una continuidad porque tienen algo en común, ya sea el oficio de la persona o una desgracia, además del accidente. Asimismo, cada monólogo está coronado por una frase de la autora para darle un sentido a lo contado posteriormente, todas ellas con cierta emotividad y sacadas de la propia narración.

Svetlana trata de contarnos la verdadera historia de Chernóbil, lo que supuso para esas personas que vivían apaciblemente en esa ciudad y en los alrededores. Además, al estar ordenado, el libro nos transporta a esa noche gracias a los ojos de las mujeres que no volvieron a ver a sus maridos y también aparecen voces que relatan su escapada de Chernóbyl cuando eran niños. No podía faltar el personal que se hizo cargo del desastre, donde muchos hombres afirman haber ido a ciegas a retirar escombros radiactivos sin tener ningún tipo de información y, por supuesto, no se les permitía hablar de ello en el exterior ni explicar nada a los campesinos. Otras historias vienen de las personas que se negaron a dejar atrás su hogar y narran cómo era el día a día donde nadie quería estar, cuentan que la vida en los alrededores era algo raro, a excepción del entretenimiento que tenían gracias a las mascotas abandonadas por los que huyeron. Las últimas son las relativas al “después”, a cómo vivían algunos afectados en el exterior y las consecuencias que sufrieron.
Voces de Chernóbil es el grito desgarrador de miles de familias que sobrevivieron a un cataclismo y que no esperaban el sufrimiento que vivieron. Todavía quedaba reciente la crueldad de ciertas guerras pero no podían imaginar que esto fuese peor. Quizá lo más duro de los relatos es el darse cuenta de la veracidad en sus palabras, que no perdían nada con esa entrevista y realmente querían que se supiese la verdad detrás de todas las investigaciones realizadas. Los daños causados por la radiación fueron espantosos y por ello se intentó silenciar a la población de cualquier manera, incluso a los trabajadores de allí, quienes ejercían su trabajo sin protección y llevaron en la piel radiación que posteriormente mató a su hijo recién nacido o incluso a ellos mismos.


Sin duda es un libro necesario para comprender la verdad de la tragedia nuclear, un episodio que mantiene la curiosidad en la actualidad, sobre todo por el 30 aniversario de Chernóbyl, y que consigue sacar dinero a costa de pequeñas excursiones por lo que queda de ciudad y de la central. Ni qué decir la dureza que tiene cada una de sus páginas, es una lectura difícil y para nada amena, no serán pocas las veces que los lectores quieran dejar el libro, pero es imprescindible que los relatos de estas personas se hagan hueco entre nosotros y den voz a los que no pudieron expresarse en el pasado.

22 de abril de 2016

Isabel Pérez Pérez

El  26 de abril de 1986, cuando la Unión Soviética aún estaba en pie,  se produjo una de las mayores catástrofes medioambientales relacionadas con el sector nuclear. Hace 30 años de aquel fallo humano, cuyas causas y consecuencias  fueron camufladas hasta la caída de la Unión y que dieron como resultado 31 muertes directas. Más allá de este número, las vidas de los ucranianos, rusos y bielorrusos quedaron marcadas por la radiactividad desde aquel preciso día en el que el sector IV de Central Nuclear Lenin falló.
wikipedia.org
La desgracia, y con ella el cesio-137 y el plutonio-239, se expandió como pétalos de flores a lo largo de la atmósfera hasta llegar a otros países europeos como Austria, Noruega, República Checa y Grecia. A España llegaron radiaciones menores a puntos concretos: Cataluña y Baleares. Pero sin duda las tres repúblicas soviéticas (Rusia, Bielorrusia y Ucrania) se enfrentan aún a día de hoy a radiación que permanece en su piel, en sus tierras y en sus alimentos. 
Una simple prueba que simulaba la capacidad del reactor ante un corte de suministro eléctrico produjo un recalentamiento a niveles tan altos que ocasionó la fuga de materiales radioactivos  y tóxicos, 100 veces mayor a lo expulsado en la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki en 1945. En el momento en el que la tapa del reactor (de 2 mil toneladas) se levantó de la presión, una columna radioactiva roja de 9 metros se extendió hacia el cielo, y más adelante con las lluvias sobre las tierras y el ganado que ahí estaban.
Los llamados "liquidadores" se encargaron de limpiar la zona, con el desconocimiento y la confusión propia de una catástrofe así. Bomberos, obreros y científicos se encargaron de esta labor contando con una protección insuficiente, fueron por tanto quienes mayores niveles de radiación recibieron, dosis consideradas letales. Miles de ellos, sin saber la cifra exacta, fallecieron y otros tantos presentaron desarrollaron malformaciones, junto con toda la población afectada. Con el paso del tiempo fueron condecorados como héroes, aunque ninguna placa les iba a curar del sufrimiento que iban a sufrir a causa de su deterioro en salud.
Entre los años 1990 y 2000 el cáncer afectó a un 40% más de personas en Bielorrusia: cáncer de riñón, vejiga, tiroides... Además de problemas en el sistema endocrino, nervioso, reproductor ,llegando a casi todos los rincones del cuerpo. Innumerables afecciones (también psicológicas ) unidas por una sola causa. Los niños que fueron evacuados de las zonas potencialmente peligrosas  también recogieron su pesar, enfermándose así para el resto de sus vidas; las pruebas a esqueletos fetales demostraron la presencia de la sustancia liberada más peligrosa en aquel momento: cesio-137. Datos que evidencian el enorme impacto sobre la salud humana que ha perdurado durante los años y que se supuso  cuando se tuvo que desalojar la población más cercana, Pripyat. Esta ciudad fue ocupada por animales salvajes que desarrollaron malformaciones y mutaciones alejadas de la evolución natural y que parecen sacadas de los cuadros de surrealistas.
Tras la catástrofe, la central sorprendentemente siguió funcionando 13 años, renunciando pues a salvaguardar la poca calidad de vida que podían tener los afectados de ese país y de países vecinos. En el año 2000 el último reactor se cerró y se procedió - aunque tarde- a la construcción de un sarcófago para aislarla del exterior y blindarla. Solo las frívolas excursiones que tienen programadas algunas agencias de viaje (con altos sistemas de seguridad) permiten la visitas  a este lugar desértico y testigo de las ambiciones y de los errores humanos. A pesar de la calamidad, de los conflictos que supone conseguir la materia prima de una planta nuclear (uranio y plutonio)  y de los peligros que conlleva, a día de hoy siguen en funcionamiento más de 400 centrales. Tropezando 400 veces con la misma piedra.

18 de abril de 2016

Rosa Martín

Cinco años de historia como país independiente. Tres de ellos de guerra.
Sudán del Sur consiguió la independencia tras años de sangrienta guerra civil entre un norte de mayoría musulmana y un sur principalmente cristiano. Días de felicidad ante una nueva etapa para un estado de reciente creación que no divisaba lo que le iba a ocurrir. La guerra, las violaciones, los desplazamientos y la muerte han marcado la vida de este país.

Mujeres sursudanesas en su "hogar" durante la guerra. www.anticapitalistes.net

En la guerra todo vale y para muestra la guerra civil de Sudán del Sur. Las violaciones entran en el salario de los soldados del estado y entre sus funciones se encuentra la de arrasar cada territorio por el que pasan. Un conflicto que ha sido renombrado: “limpieza étnica”

El 9 de julio de 2011, tras décadas de guerra civil, el país pudo liberarse del yugo del norte. Comenzaba una época de esperanza que se celebró con alegría y confianza. Salva Kiir Mavardit tomaba el control de la presidencia y Riek Machar se hacía con la vicepresidencia. Ambos prometían una nueva etapa para su país y juntos lucharían por el bien de este. A un lado quedaban sus diferencias, incluida la de pertenecer a etnias diferentes, lo que años después desembocaría en el declive del país más joven del mundo.

Sudán del Sur estaba compuesto por diez millones de personas en el momento de su independencia (hoy muchos han muerto o han huido). Cuatro millones de estos eran dinkas (como el presidente), dos nuers (como el vicepresidente) y el resto pertenecía a 52 etnias distintas. 
En 2013 Marvadit tomó la decisión que acabó con la esperanza del territorio y devolvió el terror a las calles del país: expulsó al vicepresidente y a todos los nuers del gobierno. Seis meses después la guerra civil era un hecho.

La situación del país y las dificultades para acceder a determinados territorios hacen que tener información de lo que ocurre sea difícil. Pero cuando esta llega es demoledora.
 El marzo de 2016, la ONU emitió un informe que daba datos sobre la situación del conflicto. Según el mismo, los soldados obligan a la población civil a practicar el canibalismo. Además las violaciones a mujeres entran en el salario de los combatientes, lo hacen por desprestigiar y demostrar poder, sin necesidad de deseo sexual. Y en ocasiones usan objetos que destrozan los órganos sexuales femeninos. Saquear cada territorio y no dejar nada en pie son órdenes explícitas. La parte más salvaje del ser humano está presente en un lugar en el que es imposible sobrevivir.

El conflicto de las etnias ha desembocado en un país de viudas. Miles de mujeres solas y recluidas en centros en los que su seguridad es su mayor preocupación. Los hombres del país se ocupan de la guerra en ambos bandos mientras que ellas luchan por sacar adelante a los niños ocultando a las demás las posibles violaciones sufridas para no ser marginadas en su comunidad. 
Uno de los países más inestables del mundo y probablemente más peligroso para ser mujer está borrado de los mapas de Occidente. La ONU y sus efectivos poco hacen por esta población que no conoce la paz; la comunidad internacional no la incluye en sus noticiarios con la excusa de mala accesibilidad. Y de repente esta guerra no existe.

Miles de muertos, millones de desplazados. Mujeres violadas que no pueden salir de sus nuevos “hogares” porque fuera les esperan sus depredadores para deshonrarlas. Niños sin educación entrenados para la guerra sin un futuro esperanzador. Un país roto de apenas cinco años de vida. La crueldad del ser humano de nuevo visible en un pequeño territorio de África.

15 de abril de 2016

Ataviada con un hiyab del color de la piel y una sonrisa en la cara, Leila representa a todos aquellos sirios nacidos en España que sufren el conflicto de su país desde fuera. Han transcurrido cinco años desde el inicio de la guerra en Siria, un periodo muy duro para los que tienen que vivir a expensas de pequeñas informaciones acerca del estado de sus familiares. Sin embargo, todavía quedan algunos que comparten con el resto sus experiencias como espectadores afectados.


Leila viajó a una ciudad limítrofe con Siria y pudo observar cómo había cambiado su país y sus alrededores. “Los sirios no son bien recibidos, nos tratan mal” afirma. “En una tienda me preguntaron si era siria por mi acento de Alepo. Respondí que era española y la dependienta siguió insistiendo. Al final me despedí y salí de allí con mi madre sin contestar”. ¿Y qué pasa si reconoces ser de Siria? “Nada, el problema viene cuando te preguntan cuál es la situación política de tu país porque solo existe una respuesta”.


Por tanto, todo gira alrededor de la política y de Bashar Al Asad. Se trata de una realidad que todos conocen y viven, pero no deben hablar sobre ello en público, “más aún si estás en contra del régimen”. No debemos olvidar tampoco las elecciones de 2014, fecha en la que el presidente sirio renovó su mandato con el 88,7% de los votos, un número que no menciona el porcentaje de habitantes no capacitados para el sufragio ni el número de coaccionados.

Una vez más, la población es la verdadera víctima de la guerra. Además de la alta cifra de muertos (más de 366.000 personas), los habitantes que no intervenían en la contienda tampoco podían comunicarse. “No podíamos hablar por teléfono con nuestros familiares porque cortaban los cables”. Pero si algo nos puede sorprender es la rutina de un habitante en medio de una guerra civil: “La gente está acostumbrada a los bombardeos: si van caminando por la calle y escuchan un estallido, vuelven corriendo a sus casas y cuando acaba, vuelven a salir como si nada hubiese pasado”.

Y esto no es todo. La embajada siria no ayuda a quienes lo necesitan y se han registrado numerosos escándalos por parte de los servicios secretos gracias al último documento de Human Rights Watch, donde se detallan métodos de tortura utilizados y la localización de 27 cárceles donde se ponen en práctica.

El caos es el pan de cada día para los sirios, tanto para los que siguen en su hogar como para los que residen fuera. Los familiares de Leila están a salvo junto a otros refugiados, “pero lo han pasado mal y nosotros también”. Todos queremos volver a casa y encontrar cada cosa en su lugar, aunque ella misma reconoce que su país no volverá a ser el mismo tras la guerra. A pesar de ello, encontramos un brillo de esperanza en sus palabras. 

8 de abril de 2016

Isabel Pérez Pérez

En nuestro paso estelar por el planeta Tierra hemos sufrido toda clase de modas. Algunas de ellas con las que sentíamos seguir el ritmo de la sociedad y otras muchas ridículas y dignas de olvidar. En la actualidad las barbas, el culto al cuerpo perfecto, el postureo y un largo etcétera se incorpora a una lista que está en constante movimiento. Dentro de esta se encuentra la devoción por el "mundo de lo verde": batidos detox, la meditación y por último los productos ecológicos.

Abeja en flor
es.torange.biz

Detrás de esas manzanas feas-si las comparamos con las relucientes y enceradas frutas que están perfectamente colocadas en el super- se encuentra una mentalidad de cuidado por el planeta y en especial de las abejas, las cuales están sufriendo el ansia consumista, además del calentamiento global y el cambio climático.  En el  lado contrario nos encontramos con lo que impera, que no es lo más correcto: la agricultura industrial  y el monocultivo.  Ambas son una práctica que reduce la diversidad que debería de existir para que las abejas polinizaran y con ello se reduce su capacidad para anidar.  El gran consumismo y la sobreproducción ha marcado un punto de inflexión: ¿necesitamos tanta comida? , ¿qué pasa con las abejas si seguimos este ritmo de producción? La respuesta es algo catastrófica para el futuro del ser humano y, aunque muchos no lo crean, ninguna invención tecnológica puede sustituir el disciplinado y minucioso trabajo de las abejas.

Lo que sucede cuando convivimos con algo que al principio no nos gusta es que al final lo acabamos aceptando, nos acostumbramos a ello y finalmente hasta nos llega a gustar. Pues bien, eso mismo les ha sucedido a las abejas con los plaguicidas de los cultivos: el néctar "contaminado" y rociado es el que más le gusta a estos voladores. Los neonicotinoides son unos pesticidas creados por Bayer y cuyos efectos se asemejan a la nicotina. Sí, la misma nicotina que mueve cada día millones de euros, que merma la economía  de españoles a golpe de vicio y que, al igual que les sucede a las abejas, causa enfermedades y muertes. Los llamados "desiertos verdes" acaban siendo un peligro no solo para las abejas - que tienen menos apetito-, también para los suelos y para el ecosistema. 
Es precisamente el "desierto verde" el  que impera en medio mundo, el de los excedentes y la deforestación: producir y producir sin tener en cuenta la cantidad de alimento que acaba desperdiciado -en España un 40% de comida acaba en la basura. Para ello, los campos ecológicos se han mostrado como alternativa, una nueva moda  que (a pesar de su alto precio a causa de los intermediarios) poco a poco está calando en las personas como un compromiso con la naturaleza más que como una simple novedad. Con la crisis interminable que tenemos encima se están formalizando vías  más ajustadas de precio como los encargos  a gran escala  y compras cooperativas,directamente a las plantas de producción ahorrándose así a los intermediarios y teniendo a cambio un producto de calidad y respetuoso con el medio.  No se pretende acabar con los agricultores que llevan años y años plantando sus tierras con un producto, simplemente hace falta replantearse si es necesario producir a esa escala  o si deberían de idearse otro tipo de alternativas al sistema de distribución que apenas les dejan beneficio.
Sí, las abejas se mueren a un ritmo trepidante, pero a partir de este pensamiento" verde" y viendo la que se avecina en unos años se abre una puerta a la concienciación  y a valorar la importancia que tienen sobre nuestras vidas los grandes polinizadores. En EEUU la producción de las almendras se ha desplomado por esto mismo, sin olvidar que el 75% de nuestros cultivos dependen de ellas. Quizás la clave sea el egoísmo humano, quizás sea el temor que sintamos cuando baje la producción de alimentos  el que haga que plantemos huertas o todos nos volvamos hippies. Más allá de barbas, de yoga, de lo vintage… La abeja estará de moda la próxima temporada, aunque el motivo sea su desaparición.

4 de abril de 2016

Rosa Martín 

Europa ha cerrado la puerta a los que huyen del terror y les ha dado la espalda. Han comenzado las expulsiones y devoluciones fruto del acuerdo firmado por los veintiocho con Turquía en medio de la polémica. Una “solución” a una crisis de refugiados que ya no pueden ser calificados así.

Refugiada siria. flickr.com

Desde que comenzara la guerra en Siria hace cinco años, son miles las personas que han buscado refugio en Europa. Algunos de ellos por unas rutas que no aseguraban el destino ni la vida, pero que era necesario tomar para huir de lo que ocurría en el país que les había visto nacer.

Siria es calificada a día de hoy como el país de los esqueletos, miles de edificios sin fachada,  solo con la estructura quedan en muchas de sus principales ciudades. La guerra tan solo ha dejado “piedra sobre piedra”. Crisis humanitarias asoman cada semana por pequeñas poblaciones que se resisten a dejar el que todavía se atreven a llamar su hogar. El hambre, el asedio, las bombas y las armas son el día a día de este país que hace un lustro perdió el rumbo de su historia.

Es comprensible que padres busquen a la desesperada una salida para conseguir un futuro mejor para sus hijos. La mayoría en todo el mundo lo hacen en cada momento. Cualquier ruta y cualquier dinero serán mejor que la muerte, la tortura, las violaciones y las vejaciones en un estado que ha perdido el control. 

Después de tomar la decisión de abandonar lo poco que queda de un hogar destruido, el mar es lo que parece más difícil, hasta que el gran muro europeo frena toda esperanza de cualquier hijo de la guerra. Europa se ha impuesto el papel de seleccionador y desoyendo a los defensores de los Derechos Humanos ha firmado un pacto casi con el mismo demonio para romper esperanza a aquellos que solo quieren vivir, a cambio de algo que nos saldrá muy caro.

Turquía, el socio de la Unión Europea en esta fácil solución para la crisis no es un país democrático. La palabra derechos no se encuentra fácilmente entre su legislación y es esto lo que le había impedido, hasta ahora, formar parte de este exclusivo club que forman los veintiocho. Ahora a cambio de este trámite con personas, se acelerarán todas las gestiones para que sea uno más del equipo (pasando por alto su falta de libertad de prensa, por ejemplo). 

Las deportaciones han comenzado en la pequeña isla de Lesbos llevándose las ilusiones de doscientas personas, en este caso pakistaníes y bangladeshíes al país turco. Allí no acaba su travesía, empieza un nuevo proceso en el que deben de luchar por no ser devueltos a su lugar de origen y ser aptos para que la gran Europa se fije en ellos y sean de nuevo reclutados para formar parte del selecto círculo de personas con derecho a un futuro esperanzador.

Europa no ve guerra más allá de sus fronteras, ve peligrar su economía y ve crisis que amenaza sus tierras. Ve individuos entre los que se pueden esconder amenazadas. Quien manda en Europa no ve a personas. Todo desde una cómoda posición. La que da el parlamento. La que da ser un alto cargo de un gran país con capacidad para gobernar el mundo. Una posición desde la que no habría que pedir asilo, no habría que caminar kilómetros, hacer una travesía por mar en una lancha a motor y ver como la familia es asesinada por terroristas.

Europa ha perdido la memoria que tenía y la poca humanidad que la crisis económica le dejó.

29 de marzo de 2016


Silencio, penitencia, respeto y tradición han reinado durante esta semana santa de Valladolid. Con el cielo despejado, la capital castellanoleonesa ha podido disfrutar de su tradicional Semana Santa. Siendo  un acontecimiento de gran importancia religiosa y de excepcional  valor artístico y estético, la Pascua de Valladolid ha sido declarada de Interés Turístico Internacional. Tradición nacida el 16 de marzo de 1498 e impulsada  en   1923 por el Arzobispo Gandásegui quien fomentó la recuperación de las procesiones y la creación de nuevas cofradías.

Cristo atado a la columna en un momento de la Procesión General de Viernes Santo en Valladolid.| www.elmundo.es


Valladolid, que con sus actos procesiones y ceremonias ha vuelto una vez más a embrujar bajo el ya característico olor a incienso a miles de fieles y visitantes por sus calles y rincones. Durante estos días de pasión, esta capital de la tapa se convierte en un auténtico museo al aire libre. Fiel o no fiel, creyente o no creyente, todos acompañan a cerca de 13.000 cofrades que salen a la calle acompañando en procesión a tallas de los grandes imagineros, como Juan de Juni o Gregorio Fernández.

Con redoble de tambor acompañado de la corneta comienza la tradición. Año tras año, no importa la espera, haga frio y calor los vallisoletanos salen a pie de calle a admirar y a rendir culto. Ya sea Cristo Atado a la Columna bajo la Marcha Real, las estaciones del  Vía Crucis  o el Encuentro entre la Virgen de las Angustias y el Cristo camino del Calvario bajo el himno nacional, la devoción y la sobriedad entre los habitantes y visitantes de la ciudad gobernaban las calles.


Realizar año tras año la misma ceremonia, los mismos pasos, la misma ciudad, pero emocionarte como la primera vez. No son pocos los que rechazan este tipo de costumbres que aun reinan en España, vayas al lugar que vayas. Tachadnos  de hipócritas por no creer y gustarnos estas fiestas , acusadnos de “derechistas” por tener apego a una imagen religiosa  pero si una tradición es capaz de reunir  bajo el fervor y el recogimiento a miles de personas ¿por qué cambiarlo?

18 de marzo de 2016

Un hombre totalmente desvalido, ayudado por un andador, entró el 21 de abril de 2015 en el tribunal de Detmold. Quién podría adivinar que ese hombre de 94 años fuese uno de los participantes en la muerte de 300.000 personas en Auschwitz.

La Segunda Guerra Mundial sigue dando de qué hablar a miles de historiadores y las huellas del Holocausto todavía están a la orden del día, incluso el libro de Hitler titulado Mein Kampf (Mi lucha) se agotó en menos de una semana tras publicarse el ocho de enero de este año. Setenta años después esta parte de nuestra historia sigue más viva que nunca con los juicios de Nuremberg. Pero primero hagamos un poco de memoria.


El 20 de noviembre de 1945 se abre en Nuremberg, Alemania, el proceso contra los criminales de guerra alemanes. Los inculpados acusados del más espantoso de los conflictos ascienden a veintiún personas, todos los dirigentes del Tercer Reich a excepción de Hitler, Goebbels,  Himmler y Ley, que se habían suicidado y Bormann, que había huido. Al finalizar la guerra los aliados deciden juzgar estos crímenes inexpiables. 

Diario 33
Las sesiones duran diez meses y todos los acusados se declaran inocentes, amparándose en el Führerprinzip, que les obligaba a obedecer ciegamente a  Hitler. En el proceso se aportan pruebas estremecedoras de los crímenes, como el testimonio  del comandante de las SS en el campo de Auschwitz, que describió minuciosamente el exterminio de los judíos en las cámaras de gas. El fallo se pronuncia el 1 de octubre de 1946 con once condenados a muerte, sin embargo, no acabaron aquí los juicios.

El último proceso, comenzado el 29 de febrero de este año, es al ex guardia Hubert Zafke (95) por las inyecciones de fenol suministradas a los prisioneros en el hospital de las SS. Hijo de un campesino, se enroló en las SS a los diecinueve años y en 1943 se incorporó al “servicio sanitario”. Lo más sorprendente es que a finales de verano de 1944 supervisó 14 convoyes de los cuales 3.681 personas fueron directamente a las cámaras de gas, entre los que podrían estar Anna Frank y su familia, ya que los datos encajan con las fechas y el lugar (campo de Bergen-Belser) escritos su diario.

El País
Pero si unos juicios son demoledores por las emociones vividas son los referidos al campo de Auschwitz, el símbolo por excelencia del Holocausto.

“Tenemos la misma edad y pronto estaremos ante el juez máximo. Quiero pedirle que nos cuente la verdad histórica”, decía Leon Schwazbaum en la apertura del juicio a Reinhold Hanning de 94 años, ex guardia acusado de complicidad en 170.000 asesinatos a pesar de negar su participación en las muertes. El acusado no podía mirarle a los ojos mientras el superviviente le animaba con un “cuente aquí y ahora lo que hicieron usted y sus camaradas”. Con una foto de su familia en la mano, declaró el terror constante de los presos, la arbitrariedad asesina de los guardias, los fugitivos capturados y devorados por los perros y el olor a carne quemada que emanaba de las chimeneas. Hanning, al igual que el anterior, recibió 15 años de cárcel.

Otro caso bien distinto es el del “contable de Auschwitz” Oskar Gröning (93), que admitió y pidió perdón desde el principio por su complicidad en las muertes de la “Operación Hungría”. El acusado recibió 4 años de cárcel en el juicio celebrado en abril de 2015 por la eliminación de 300.000 personas y afirmó que “Auschwitz es un lugar en el que nadie debería haber participado”. Ante 40 supervivientes y descendientes venidos de Israel, Canadá e Inglaterra y 14 testimonios en contra, la testigo y superviviente Eva Kor (81) se levantó a tender la mano al procesado.

20 minutos
Pero estos juicios no siempre han sido así. El ex guardia John Demjanjuk, de 91 años, marcó un antes y un después en la justicia alemana. Este hombre vivió un proceso legal de cuarenta años en el perdió la nacionalidad estadounidense dos veces, fue condenado a muerte por ser confundido con el guardián en Treblinka conocido por su crueldad “Iván el Terrible” y finalmente recibió 5 años de cárcel gracias a los testimonios que verificaban su reclutamiento en 1941 por el Ejército Soviético y su posterior cargo como guardián tras ser apresado por los alemanes, además de la muerte de 28.800 judíos en el campo de concentración Sobibor. También había participado en la Acción Reinhardt, nombre del plan nazi de asesinar a todos los judíos de Polonia, Ucrania y otros territorios ocupados por los alemanes.

Antiguamente solo se podía llevar al tribunal a aquellos que habían participado en el exterminio de prisioneros en los campos de concentración si existían pruebas fehacientes de haber dado órdenes personales para enviar a las víctimas a cámaras de gas. Pero como dijo el fiscal Dortmund Andreas en el juicio de Reinhold Hanning a la prensa, “la edad no tiene ninguna importancia” y este cambio en los juicios a los nonagenarios se “debe a las víctimas y a sus familiares”. También Justin Sonder (90), sobreviviente de joven en Auschwitz que perdió a 22 miembros de su familia, afirmaba lo siguiente a favor de la nueva ley: “Estos procesos debían haberse realizado hace cuarenta o cincuenta años. Pero no es demasiado tarde para describir lo que ocurrió entonces”.

Por una vez no es la justicia la que resuelve los pleitos, sino que son las propias víctimas y los acusados los que rememoran el horror de una época gracias a los testimonios y a lo que no se dice. De momento otros dos juicios a un ex guardia y a una ex operadora de radio están previstos para la primavera; el resto es historia.