5 de noviembre de 2011

DOS ESTADOS PARA DOS PUEBLOS

Los grandes actos desencadenan en grandes consecuencias y lo que es más importante: en deseados galardones y en el reconocimiento público. Algunos premios son concedidos como homenaje a una larga carrera por la liberación de la losa que ha reprimido los derechos de la población negra durante mucho tiempo, como es el caso del Nobel de la Paz a M.L. King en 1964. Otros premios, como el entregado 45 años después a Barack Obama, se basan en suposiciones y hechos futuros que todavía no se han resuelto. De este modo, el Nobel de la Paz en 2009, presidente de EEUU y por extensión del mundo entero, goza de un título en mi opinión inmerecido aunque deba aclarar que no estamos hablando del mismísimo diablo (que tiene antecesores peores).

Si hubiese un Nobel del tipo “ojo por ojo y diente por diente” la situación sería distinta. Realizó un trabajo impecable (si no entramos en el respeto de los Derechos Humanos) al liquidar al causante del desastre de las Torres Gemelas Bin Laden.
 Todo cambia si el conflicto se produce en un país muy lejano, hay capital de por medio y no son ciudadanos americanos. Ojos que no ven, corazón que no siente. Si se matan en Oriente Medio puede que sea necesario ceder a las presiones de los judíos multimillonarios de nacionalidad estadounidense, más por multimillonarios y americanos que por judíos.

Nadie duda, o nadie debería dudar, de que el Hitler fue un asesino. Sí, nos gustaría que hubiera pagado por lo que hizo y no debería de haber muerto como un cobarde. Nos sobrecoge prácticamente de forma unánime pensar en los miles y miles de judíos asesinados en campos de exterminio y en sus propias casas. Cuando vemos un reportaje sobre el nazismo nos emocionamos y se nos saltan las lágrimas con aquella barbarie. Sin embargo, vivimos nuestro día a día sin pensar en que las víctimas de aquel dictador se han convertido en verdugos. Un verdugo que ha aprovechado la generosidad de la ONU para apropiarse de una tierra que no le pertenece y para someter a su población no por no tener los ojos azules y no ser rubios, sino por creer en Mahoma.

De los casi 8 millones de palestinos, más de tres millones y medio viven como refugiados en la Franja de Gaza. El relevo generacional, ha hecho que los nombres de los refugiados cambien, que la única herencia que los padres pueden dejar a sus hijos sea la devastación, la miseria y un proceso de paz lejano e interminable. Bombardeos y guerra persistente en el tiempo, aunque los Acuerdos de Oslo de 1993 establezcan todo lo contrario.

La ONU envía una nueva flotilla con bienes y alimentos desde Turquía para romper el bloqueo de la Franja de Gaza y si se tienen que seguir matando, por lo menos que coman algo. Obama hace oídos sordos al conflicto gracias al poderoso caballero don dinero (don dinero judío). Jóvenes israelíes y palestinos luchan por un conflicto heredado y por conseguir dos estados para dos pueblos muy distintos ignorando que más victimas no resucitarán a sus víctimas. Y tú, pobre mortal al que se te encoge el corazón cada vez que ves El Niño con el Pijama de Rayas, esperas en el sofá de tu casa a que la montaña vaya a Mahoma con el mando de la tele en la mano.

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