21 de noviembre de 2011

EL CUENTO DE NUNCA ACABAR

Érase una vez una época en la cual mientras mirabas por la ventana tomando el primer café del día, como si de un espejismo se tratase, contemplabas el deportivo nuevo de tu vecino. Tu, genio y figura, no ibas a ser menos. Te vestías, ibas al banco, pedías un crédito y por arte de magia coche nuevo. Al día siguiente, retenido en un atasco de camino a la obra y en tu coche nuevo, se te pasó por la cabeza que para qué esperar en un atasco pudiéndote comprar un ático en el centro. Aparcaste en doble fila y en diez minutos ya tenías el dinero para tu casa nueva.


Mientras ocurría esto en el idílico lado del mundo desarrollado, en un país muy, pero que muy lejano, otra persona se levantaba casi al mismo tiempo que tú también para ir a la obra. De camino a su honrado trabajo no pensaba en una casa nueva, ni en un coche espectacular, sino en lo afortunado que era por haber tomado una taza de té esa mañana y por poder ir a trabajar para devolver el dinero que le habían prestado. Este préstamo se había producido gracias a la genial idea de un señor llamado Muhammad Yunus que fue capaz de pensar una forma de financiación para todas aquellas personas que eran despreciadas por los maravillosos bancos. A un lado del mundo las entidades bancarias prestaban dinero virtual con un fin superficial y caprichoso y en el otro, prestaban dinero real para gastos necesarios.


Un tiempo después y con el Nobel de la Paz bajo el brazo, Yunus dejó Bangladés, cruzó de Oriente a Occidente y explicó a los siempre superiores occidentales cómo remendar sus errores a partir de una idea deteriorada. La ciudad elegida fue Valladolid y el mes propicio noviembre. Como esta ciudad no tenía un palacio de congresos donde celebrar la Cumbre del Microcrédito, a pesar de que el señor José Rolando Álvarez, Presidente de la Cámara de Comercio e Industria de la ciudad, se había empeñado en ello, el gran evento mundial tuvo lugar en el precario auditorio Miguel Delibes.


Así fue como señores llegados de todos los puntos de España y del Mundo dialogaron durante una semana para lograr una solución a esta malísima etapa y para hacer publicidad de lo bien que se había empleado esta forma de micro financiación, todo desde el punto de vista altruista. Por eso nos sabemos de memoria la historia de la señora a la que ayudaron a financiar un audífono y que ahora es mucho más feliz.


Mientras debatían sobre la pobreza se alojaban en los mejores hoteles de la ciudad y comían en los mejores restaurantes. Estos señorones banqueros que habían agotado todo ápice de imaginación para tratar de colocarnos intereses, intentaron reinventarse poniendo el prefijo “micro” antes de la sangrante palabra crédito. Para ello han recurrido a los consejos de otro señorón (antes señor) que ha sido expulsado de la entidad que él mismo creó como banco de los pobres por unos supuestos intereses demasiado elevados y acusado de evasión de impuestos.


Y así es como el resto de los mortales, que hemos pasado en pocos años de creer ciegamente en los préstamos y créditos bancarios a odiarlos soberanamente, sobrevivimos en nuestro día a día. Ahora “creemos” en el microcrédito como si del genio de la lámpara se tratase sin darnos cuenta de que la banca nunca pierde y la historia se repite.

2 comentarios:

J.B. dijo...

¿Entonces Yunus era un cabrón como todos?

Lucía dijo...

Yunus tuvo una idea buena que supo aprovechar para el bien común. Pero si te echan de una institución que creaste para ayudar a los demás porque ya no lo haces... no sé qué pensar. EN MI OPINIÓN al principio lo hizo bien pero vio que podía obtener una muy buena rentabilidad, nada es gratis.

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