2 de mayo de 2012

EL TRABAJO, LA DIGNIDAD Y LOS DERECHOS DE UN PRIMERO DE MAYO

Texto: Alejandro Andrés. 
Fotos: Dafne Calvo. 

Las nubes y el sol, en constante juego, aparecían y desaparecían desquiciando el diafragma de las cámaras de los fotógrafos. Se levantaba así el primer día del mes de mayo con un tiempo que, como dice el refrán después de un marzo mayeando, marceaba. Olía a mañana de domingo raro, como huelen los festivos sin misa, y se notaba ya algo en el ambiente de los barrios, más tranquilos de lo habitual y con la afluencia de gente en una sola dirección: la plaza Colón.

Más de 15000 manifestantes se juntan en Valladolid en la festividad del trabajo para reclamar su disgusto por la Pérdida de los Derechos Sociales

Poco antes de las 12 la gente se arrejuntaba en ese tramo que es Plaza Colón pero también en Recoletos. No tanta como el día de la Huelga, ni tanta como los asistentes esperaban ver al llegar allí. A diferencia del 29-M, esta mañana uno se podía encontrar con gente conocida en los alrededores de Colón. Y desde ahí arrancaron los coches que llevaban el mando de la manifestación, 20 metros delante de la cabecera, esta con los líderes sindicales de UGT y CCOO, Agustín Prieto y Ángel Hernández respectivamente, agarrando un cartel que rezaba ‘Trabajo, dignidad, derechos’. Ese no era solo el lema de la manifestación de hoy, sino también el resumen del motivo de las reivindicaciones este Primero de Mayo.

El recorrido siguió las calles que frecuentan las manifestaciones sindicales, viajando por Recoletos hacia Miguel Íscar, para tomar Duque de la Victoria y entrar en la Plaza Mayor por la Calle Ferrari. Es hora de patentar el recorrido. O de alargarlo. Porque como ya pasó el 29-M, cuando los primeros llegaban al final, los últimos no habían empezado.



Pero el paseo por el centro de Valladolid se hizo ameno. Media hora andando. Tal vez más, tal vez menos. Un conjunto de tambores llevaba el ritmo cerca de la cabecera con una batucada con la que bailaba hasta el más soso. Los pocos gritos que se oían, comparando con otras manifestaciones, también amenizaban el fresco que traía el sol al esconderse tras los 8 grados de temperatura y las nubes que paseaban por el cielo vallisoletano. Aun así, la sensación fría que había dejado la mañana al encontrarse poca gente en Colón empezaba a calentarse al acabar Miguel Íscar: se empezaba a sentir el éxito de una manifestación de la que no se veía el final y que mejoraba con creces las cifras de los últimos Días del Trabajador. Este año rondaron los 15.000- 20.000 manifestantes, un número bastante serio en la capital castellano leonesa.

Así se llegaba a la esquina de la Calle Ferrari, donde los oídos de los asistentes empezaban a escuchar la música que ponían en la Plaza Mayor. La Internacional se repetía una y otra vez hasta que la cabecera llegó a subir al escenario colocado para el manifiesto. Pero llegaba la gente y se empezaba a llenar la plaza, y la música ya cambiaba un poco para no desgastar los primeros puños en alto que tenían que esperar hasta que todos los manifestantes llegasen. Melendi, Celtas Cortos, Amaral, Estopa… el ambiente verbenero se sentía en una plaza que se llenaba hasta la bandera mientras los líderes sindicales daban su discurso.



En la plaza Mayor se habló de lo que rezaba el lema: ‘Trabajo, dignidad, derechos’, Se mencionaron los casi 6 millones de parados, se habló de la necesidad de controlar el déficit público pero sin eliminar los impulsos que la economía necesita, de la Sanidad, de los desahucios, de los recortes del gobierno y hasta de la política francesa: Ángel Hernández guiño un ojo al candidato socialista al Elíseo. La mañana acabó cerca de las dos, con otra repetición de la Internacional, esta mucho más emotiva.



Los fotógrafos ya habían tirado las fotos y los cámaras grabado sus totales. Los sindicalistas habían dado su discurso y los manifestantes escuchado y gritado por lo suyo. La espantada de estos últimos había sido rápida. En menos de 15 minutos la plaza había pasado de estar llena a vaciarse al nivel de una mañana de domingo. Una mañana de domingo pasada a martes que lo fue todo para algunos trabajadores de hace más de un siglo y que hoy lo ha sido para los currantes del presente.

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