3 de junio de 2012

VETANDO Y CON EL MAZO DANDO


Javier Burón Rivas


La ONU tiene muchas cosas buenas. Tiene todo lo bueno y lo utópico del hombre. Su finalidad última ha sido y es evitar una nueva guerra mundial que pueda ser fatal, y de momento lo ha conseguido. Entre sus hazañas está el haber servido desde su creación para evitar unos cuantos conflictos internacionales, y han ayudado a liberar estados que habían sido invadidos, como Kuwait o Corea, o de haber favorecido la descolonización del continente africano y asiático. Pero, más allá de sus bonitas intenciones, su funcionamiento dista mucho de ser el de una organización de carácter democrático, y de servir como motor real para el mantenimiento paz y la justicia en las relaciones internacionales, debido al freno que autoimpusieron en su creación.



Para empezar, el problema es de base, ya que el Consejo de Seguridad tiene la competencia de emitir una decisión obligatoria al resto. El Consejo de Seguridad, como ya sabemos, lo forman de manera permanente los países que ganaron la guerra (EEUU, Reino Unido, Francia, China y Rusia) junto con otros diez estados elegidos por la Asamblea General, en la que están todos los estados. Es decir, entre 15 países tienen los mayores poderes de decisión y obligación de toda la organización. Y lo que es más, los cinco miembros permanentes tienen el derecho a vetar cualquier decisión del Consejo. Es decir, basta con que uno de ellos quiera hacer algo para que lo pueda hacer o para prohibir a toda la organización cualquier acción.

Como todos sabemos que quien parte y reparte se lleva la mejor parte, los EEUU y Reino Unido, artífices de la creación de la ONU, se aseguraron de que, ya que la hacían ellos, iban a tener los mayores privilegios. Y así es, el veto es el privilegio que se regalaron a sí mismos los vencedores de la guerra para mantener la hegemonía. Estados Unidos siempre ha hecho un uso muy racional de este derecho, y podemos verlo en acciones como la invasión de Iraq o en los vetos que han hecho numerosas veces en los últimos años para impedir la autodeterminación de los palestinos y la creación de su estado propio.



Así, del mismo modo que en el siglo XVII España, Francia, Austria y el imperio germánico tenían el derecho al veto papal, es decir, de vetar a algún candidato a papa que nos les conviniese, estos líderes del mundo tienen el derecho a imponer su interés sobre el del resto de los 193 estados del planeta. Y por supuesto, Estados Unidos no es el único que lo utiliza; de esta manera, todos accedieron a intervenir en Libia para derrocar al que hasta entonces era su amigo, Gadafi; sin embargo, Rusia y China han considerado que hacerlo en Siria, con una situación de guerra interna similar, es inadmisible. Por tanto, Bashar al Assad, simplemente con estos dos apoyos interesados, seguirá disfrutando de total impunidad para masacrar a su población, y por mucho que quiera el resto de la sociedad internacional, lo más que podrán hacer será enviar a Kofi Annan a decirle a ese señor que afoje un poco.

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