4 de octubre de 2012

LA MARCHA DE LOS MALDITOS


Juan Navarro García. 

La gota ha rebasado el vaso. España se ha cansado y cada vez son más comunes las manifestaciones, sean en Madrid o en cualquier otro punto del país, y superior el número de asistentes. Eso está muy bien, demuestra que la sociedad se va desperezando de su abulia y se anima a tomar iniciativa para defenderse.
Desde los tiempos de la Transición española no se veían manifestaciones masivas en las que la dinámica fuera la política. El terrorismo, la política exterior, las guerras podían convocar muchedumbres en torno a puntos emblemáticos. Poco más.

Reuters (25/09/2012)


Tal vez no haya motivos para alegrarnos de que la gente acude a las manifestaciones, ya que significa que algo no marcha bien. Pero las cosas son como son y no podemos obviarlas. Que hay motivos para manifestarse es un hecho. Que ojalá no los hubiera, también.

Manifestarse está muy bien. Todos, más o menos, lo hemos hecho con mayor o menor frecuencia, pero lo que comienza en unas pancartas, carteles, cánticos y protestas puede acabar muy mal. Una manifestación no es un juego de niños, hay que saber a qué se acude, qué se defiende y por qué estamos ahí. No encuentro sentido a estar allí como un monigote o un grano de arena en el desierto.

¿Para qué acude la gente a ellas? Para protestar, reivindicar derechos, apoyar anímicamente a cualquier sujeto del momento...todo vale. Es sobrecogedor ver imágenes en las que ancianos, mujeres, hombres, adolescentes, todo tipo de personas se congrega dejando de lado sus diferencias para unirse en una misma causa. Pero esto no son todo flores.



Hay quien no distingue el blanco del negro, ni asume que existe el gris entre medias. En cuanto percibe una señal, responde, sin reflexionar ni sopesar las posibles consecuencias. Y esto es realmente perjudicial para una manifestación. Vayamos por partes. Puede que los antidisturbios y demás cuerpos oficiales del Estado se excedan en su empeño, es posible. Los corrillos claman y afirman que son unos salvajes y violentos.

Entonces, ¿qué calificativo merecen aquellos que, con miles de personas detrás de ellos, acuden a las 'manifas' para defender sus derechos, pero por si acaso llevan piedras, bates y objetos peligrosos? ¿Es necesario eso para dar a conocer el mundo tu disconformidad con la política, el asesinato de los niños de Bretón o la retirada de los huevos Kinder?

Cuando miles de personas se juntan hay que comprender que cada cual tiene un motivo más fuerte que el del tipo de al lado para salir a la calle, y lo que quiere es hacerse escuchar. En ningún momento desea que un imbécil, con todas las letras, comience a romper escaparates, apedrear paradas de autobús e incendiar contenedores.

Tablón en Blanco


Al día siguiente, la persona que permaneció en casa escuchará la radio, lo verá en Internet, la tele, o se enterará por palomas mensajeras, pero lo escuchará. ¿Con qué se quedará? Pues que había una serie de individuos que echaron por tierra una movilización de miles de manifestantes haciendo el salvaje. Y entonces, la respuesta es fácil. La manifestación era de violentos, mala gente y no merece respeto. Queda totalmente desprestigiada por esos cabeza hueca que creen que en la violencia se halla el secreto de tener éxito en una manifestación.

Ejemplo claro es lo visto estas últimas semanas con el 25S. La manifestación ha saltado a la palestra como un acto de violencia, en la que los antidisturbios también tuvieron que ver. Por contra, la acción de los funcionarios el pasado 15 de julio, sin actos vandálicos, pasará a la memoria como una manifestación sin altercados y guerrillas.

Más cabeza y menos piedras.

0 comentarios:

Publicar un comentario