22 de noviembre de 2012

NI BUEYES, NI MULAS. BURROS


Juan Navarro García

¿Pensabas cantar villancicos las próximas Navidades? Si te gusta aquel que dice "Entre un buey y una mula, Dios ha nacido" y decides entonarlo, que sepas que la Iglesia se va a enfadar. Según el Papa Benedicto XVI en el famoso portal de Belén no había ni mulas ni bueyes. Estarían pastando por el monte Sinaí.



Animales de carga aparte, que la Iglesia católica en pleno año 2012 comunique que hace esa misma cantidad de años el Mesías nació sin esos mamíferos a su lado es una franca mamarrachada. Con la cantidad de escándalos, por no hablar de las crisis de fe, que asombran a diario sobre el Vaticano, el Papa y sus esbirros, parece de película que salga el Santo Padre a la palestra y declare que no había bueyes ni mulas.

Es una broma de mal gusto hacia los fieles y aquellos que son católicos y están reflexionando sobre sus creencias en uno de los momentos más delicados de la historia para la Sagrada Institución. Pese a que no se debe olvidar la labor humanitaria que realiza con los menos favorecidos, los escándalos relacionados con pedofilia pesan mucho en la opinión pública. Además, la crisis económica está haciendo que se mire a la Iglesia con otros ojos a causa de sus libertades fiscales y las propiedades y posesiones en su haber.



Las iglesias pierden cada vez más asistentes y la fe católica es algo que ya no se lleva entre la juventud y no tiene pinta de que vuelva a ser popular. Para evitar esta desbandada y los bancos vacíos ante el cura, la Iglesia debería ponerse el mono de trabajo y, al tiempo que atraen a seguidores, demostrar por qué es la mano derecha de Dios. Sigue sin ser inútil una plegaria desde un altar y un rezo por los pobres si no se sale en su busca y se trata de ayudarlos. Todo es poco en un momento en que los que parecía que nunca vivirían bajo malas condiciones de vida ahora lo están haciendo.

Tampoco serían despreciables manifestaciones que censuren a los miembros de la Iglesia acusados de pederastia y acciones impropias de la moralidad cristiana. Son gestos que conseguirían atraer a nuevos feligreses y que los actuales confiaran en ellos, en vez de facilitar la desbandada de cristianos. Sería bueno para ellos.

Pero si siguen centrados en debates absurdos y sin verdadero interés mientras se dejan de lado temas que requieren pronunciarse, la Iglesia seguirá en franca caída.

Esperemos que, una vez dado este palo a la mula y al buey, respeten al arroyuelo de papel de aluminio en nuestros belenes.

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