5 de diciembre de 2012

UNA BROMA PARA EL MAPA DEL FIN DE LOS TIEMPOS

Enrique Zamorano

Decididamente, estamos solos. La condición del hombre posmoderno no es el triunfo sobre la Naturaleza, la apoteosis del "Esto Ya Lo Hemos Visto" o el pasmo ante una ingeniería capaz de crear delfines de titanio: la condición del hombre posmoderno es la puta, absurda, desasosegante soledad. Todos los trajes que nos probamos- comunidades virtuales (como ésta), delirantes interfaces, hipervínculos, hiperlenguas, hiperestimulación- son máscaras para ignorar el quinto aminoácido sobre el que se erige la vida actual: la angustia, el desarraigo, la imposibilidad de un esperanto de la emoción que nos regale un vínculo legítimo, solidario, estrictamente humano. ¿Para qué escribimos? Par a no desesperar. Vivimos como soñamos: en soledad.Intenta comprender a una persona, intenta conocerla, (…) y todo lo que descubrirás será eso: una cabeza por encima de la superficie. Amistad, amor, altruismo son palabras vacías de contenido (…) La incomprensión es el vínculo de la especie y David Foster Wallace su rapsoda. (RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN “Cinco fragmentos para el final de los tiempos”, artículo publicado en Quimera, Enero 2008 sobre David Foster Wallace). 


Defensa del entretenimiento a ultranza para huir constantemente de una realidad que parece erosionar el alma, un calendario publicitario sellando la definitiva incorporación del tiempo a la cronología comercial del capitalismo más que salvaje, la falta de placer como atributo carismático de la vida americana, una nula sensualidad, sensaciones muertas y existencias literarias y reales totalmente zombificadas… esto son más o menos los temas que recoge Infinite Jest (“La Broma Infinita”, en español), la novela que quería nombrar hoy escrita por el narrador David Foster Wallace.


No os voy a mentir. Hay que tener mucho cuidado con esta novela porque te puedes volver loco. Yo aún no conseguí leerla entera durante este verano, me quedé casi al final del libro. Pero DFW es un autor al que se vuelve constantemente. Aunque sea una locura leerle. Tanto es así, que sus libros residen en un hueco muy importante de mi librería. Ayer me entró, por ejemplo, un terrible mono de leerle y os juro que acabé el día completamente noqueado. Sin fuerza, sin vida, sin coraje, casi sin pulso. Aquí, por ejemplo, me encuentro yo con el libro de relatos “Extinción”, sepultado por el libro para un post que hace tiempoescribí


DFW figura como cronista de la sociedad moderna. Tiene algo de distópico “La Broma Infinita”, pero ya le hubiera gustado a Orwell disponer de tiempo para componer 1200 páginas de libro (incluyendo las notas aclaratorias, que ocupan esas últimas 150-200 págs.)  Para mí, “La Broma Infinita” dice muchas cosas a raíz del nombre. Con esa peculiar mirada de hombre que no soporta la vida, sonriéndonos forzada y sarcásticamente, como si en verdad nos estuviera gastando una broma, en medio de todo aquél campo de maizal. 


Como dije en el primer párrafo, las sensaciones tras su lectura son el peligro de la sociedad contemporánea actual. Ese peligro de no encontrarse jamás ni a nosotros mismos ni a los demás, ese peligro de tener la sensación de que todo es falso (quizás porque nacimos con la mentirosa publicidad debajo del brazo), ese peligro de que todo se puede hacer en esta vida con dinero y que el idealismo y las aptitudes vitales son tragadas o por los fármacos o por la propia experiencia, ese peligro de encontrarnos ante una gran época de crisis psíquica y mental en la que nadie camina tranquilo, sino seguido de un estrés monótono y aburridamente corriente, de una ansiedad y angustia que nunca supimos que existían dentro de sí mismas.



Es una novela que por supuesto recomiendo a todos. Para darnos un poco de más cuenta sobre cómo funciona el mundo moderno y el flujo intra-conversacional del hombre en él: “es muy difícil permanecer alerta y atento, en lugar de quedarte hipnotizado con el monólogo interior constante dentro de tu propia cabeza". 

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