13 de febrero de 2013

EL FUTURO SOBRE RUEDAS


Juan Navarro García/@Juan13Navarro

Esto es España, y no los Países Bajos. Sí, no nieva tanto, los canales no abundan en las ciudades y no somos los más altos de Europa, entre muchas otras cosas más. Las diferencias son evidentes, en algunas somos los españoles los que salimos triunfantes y en otras son ellos los que ganan.
Ciclista a la entrada de un núcleo urbano. Juan Carlos Castro Simón

Una de estas últimas quizá no sea tan importante como la corrupción o la economía, campos en la que ellos (y decenas de países) nos llevan años de ventaja. Y esta es la concienciación social, la capacidad del ciudadano para respetar y convivir, algo que aquí en muchas ocasiones no es sino una quimera.

Hablo del transporte en bicicleta por la ciudad. Cuando los amigos de Callejeros Viajeros o Españoles por el Mundo viajan a los Países Bajos u otro país europeo del estilo lo que choca es cómo ciclistas, vehículos de motor y peatones conviven en la jungla del asfalto. Unos tienen sus carriles, los coches van por la carretera y los caminantes, tranquilamente por la acera. El que opta por desplazarse a lomos de su fiel bicicleta sabe que, yendo por la carretera, no corre grandes riesgos salvo imprudencia suya.

Marcos de las Heras. Marcos y Moldaduras


En España esa realidad es prácticamente un sueño, una utopía. En primer lugar debe dar gracias si en su ciudad hay un mínimamente correcto servicio de carriles-bici. Como esto no suele ser habitual, cuando el ciclista abandona sus usualmente mediocres y escasos kilómetros de carril-bici tiene dos opciones. Ambas son peligrosas. Una de ellas es la, a priori, menos arriesgada, que consiste en ir por la acera cual viandante. Pese a que molestas a los que van andando y no puedes ir a la velocidad que podría alcanzarse por un carril-bici, al menos estas seguro de que no va a embestirte un coche.

Pero no todo es de color de rosa, ya que son varias las ciudades que multan a los ciclistas que abandonan el asfalto y se decantan por la acera. A su vez, muchos peatones (con parte de razón) ven al ciclista como un bólido supersónico que, aunque pase a varios metros de su persona, podría matarlo, tanto a él como a su familia.

En cuanto a la opción de ir por la carretera, hay que tener en cuenta que el conductor medio cree que el ciclista va protegido por una armadura, es inmortal y puede alcanzar con facilidad los 50 kilómetros por hora. Y esto no es así, de ahí los graves daños que se pueden causar si el hombre que va al volante no se da cuenta de la fragilidad del ciclista, que es el eslabón más débil de la cadena alimentaria que es una carretera de ciudad.

Ciclista. Juan Carlos Castro Simón


¿La solución? Como muchas cosas en esta vida (y especialmente en este país) es más simple de lo que parece. Una inversión en carriles-bici que recorran el centro de las ciudades implicaría más comodidad para el conductor, tranquilidad para el peatón y un placer cuasi-orgásmico para el que tiene a la bicicleta como medio de transporte. De este modo progresivamente cada vez más personas dejarían la moto o el coche en el garaje y, conscientes de que ir en bici es seguro y rápido, empezarían desempolvar la bici y ponerse a dar pedales.

La bicicleta no contamina, no necesita combustible, funciona con tus propias piernas y ayuda a hacer ejercicio en un día a día en el que tantas ocupaciones impiden muchas veces hacer deporte.
Que sea posible llegar a un día en el que ir en bici no sea arriesgado ni minoritario está por ver. Pero lo que nunca hay que hacer es dejar de intentar que la bicicleta salga del garaje.

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