16 de febrero de 2013

EL OTRO 11 S

Adrián Arias Marcos/@Adri_Chygry

Si hay una fecha que toda la humanidad tiene grabada a fuego en la memoria es la del 11 de Septiembre de 2001, el día en que el país más poderoso del mundo y que nunca había sufrido un ataque en su propio territorio era víctima de un ataque terrorista sin precedentes. Sin embargo, la fecha de 11 de Septiembre ya tuvo su protagonismo en la historia unos cuantos años antes. ¿Saben cuándo y dónde?



Eran las 6 y cuarto de la mañana del 11 de Septiembre de 1973 en Santiago de Chile cuando el teléfono de la residencia del Presidente Salvador Allende sonó. “¿Qué pasa?” contesto un Allende aún desconcertado. Al otro lado de la línea estaba el General Urrutia, jefe de los Carabineros del ejército de Chile. “La Marina se ha sublevado en Valparaíso, presidente”. Un Allende aún en bata e incrédulo por las informaciones recibidas procedió a telefonear personalmente a cada uno de sus jefes militares, el primero de todos a Augusto Pinochet. No obtuvo respuesta.

Sin tiempo que perder, el primer presidente socialista elegido democráticamente por el pueblo chileno se dispuso a partir al edificio presidencial del país y sede del Ministerio del Interior entre otros, La Moneda. Diríjase a La Moneda” estas fueron sus palabras a su chófer. Durante el trayecto, Santiago de Chile parecía una ciudad fantasma, como si sus gentes fueran sabedoras de que aquel día algo insólito iba a suceder. Durante este trayecto Allende iba totalmente convencido de que la sublevación de la marina sería rápidamente frenada, pues creía contar con el apoyo militar junto a la unidad de Carabineros. Pronto descubriría que estaba más solo de lo que él mismo creía.

El coche presidencial llegó a La Moneda, un edificio defendido por el cuerpo de Carabineros de Chile. Una vez allí, el presidente se dirigió por primera vez al pueblo de Chile y donde pidió sensatez y ayuda al Ejército y señaló sin rodeos su firme decisión de quedarse en La Moneda defendiendo a su pueblo. Con el trascurrir de las horas Allende fue poco a poco descubriendo el gran golpe de Estado que se había planeado a sus espaldas, pero en ese momento su preocupación era otra. "¿Qué será de Pinochet?" Le preguntó Carlos Jorquera, Adjunto del prensa del presidente. A lo que Allende contestó “¿Pinochet?, el pobre de Pinochet debe de estar preso” Esta respuesta refleja a la perfección el grado de desconocimiento en el que estaba sumido el presidente Allende, que ni siquiera sabía que su jefe del ejército y al que creía preso, Pinochet, era realmente el líder de la sublevación. Más tarde, a lo largo de la mañana le comunicaron el nombre de los militares sublevados y mirando al infinito con un ligero golpeo de sus dedos en la mesa de su despacho dijo: “Tres traidores”.



Pero el gobierno del presidente Allende tenía fecha de caducidad. El General Pinochet anunció un ultimátum por la radio chilena: o Allende salía La Moneda y abandonaba el país o el edificio sería bombardeado por el Ejército del Aire. Allende no cedió y las bombas comenzaron a caer sobre el edificio presidencial. Armado con una metralleta y un casco en la cabeza, Allende hizo frente él mismo son su guardia personal a todo el ejército chileno, hasta que la realidad misma le superó. Entonces Allende se dirigió a su pueblo por última vez con estas palabras:
“Seguramente Radio Magallanes será callada y el timbre tranquilo de mi voz no llegará a ustedes, no importa. Siempre estaré junto a ustedes. Tengo fe en Chile y en su destino y que superarán este momento amargo donde la traición pretende acabar con él. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. Quiero que aprovechen la lección”.
Esta fue la última vez que el mundo volvió a oír la voz de Allende. Después el bombardeo continuo obligó a la guardia personal del presidente y a los carabineros que se encontraban defendiendo La Moneda a ondear la bandera blanca en señal de rendición, pero el presidente jamás abandonaría el edificio. Solo, sentado en un bonito sofá rojo apoyó la culata de su metralleta contra el suelo, apuntó el cañón por encima de sus siempre eternas gafas de pasta y apretó el gatillo.  Ese día, el 11 de Septiembre de 1973, el cerebro de Salvador Allende se esparció por las paredes de La Moneda, pero ese día también las ideas de Salvador Allende se esparcieron por el mundo convirtiéndole en leyenda.


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