24 de febrero de 2013

ESTO EN MIS TIEMPOS NO PASABA

Lucía G. Carretero/@LGCarretero


“Esto en mis tiempos no pasaba. Faltaba un profesor y a la media hora ya estábamos quejándonos a todo el mundo”.

Tan solo diez años separan la generación de estas declaraciones de la mía. Dos generaciones. La segunda heredera de aulas, profesores y facultad pero no del carácter inconformista que envolvía la facultad de Filosofía y Letras tiempo atrás. Año por año, los estudiantes de la Universidad de Valladolid han ido –o hemos, el que quiera incluirme que lo haga– relajando sus posiciones defensivas, su elocuencia de queja administrativa que partía de la insistencia al profesor de turno y derivaba hasta Decanato, Rectorado y, si era necesario, elevaban sus súplicas, ruegos y mandatos al más alto confín del Sistema Educativo.

Tan solo doscientos kilómetros entre el pasotismo redomado hasta las propuestas y exigencias con argumento. O cómo los estudiantes y trabajadores de la Universidad Politécnica de Madrid se encierran para evitar trescientos un despidos. Mientras tanto, estudiantes de la Universidad de Valladolid –por ejemplo de periodismo– disfrutan de un horario liberado debido a la falta de profesorado.




Profesores asociados despedidos en bandada, matrículas pagadas cristianamente –más les vale– y clases no impartidas. Y mientras tanto, los viernes libres alabados –inclúyanme también si quieren–. Absolutamente todo se limita a la crítica dañina entre un círculo reducido, sin formalización alguna. Pero no es de extrañar, no solo es el círculo universitario el que se ha relajado.

Es muy frecuente arreglar el mundo tomando café, despotricar con la misma intensidad, fuerza y duración que la del cigarrillo fumado la puerta de cualquier establecimiento. Hay que hablar de algo mientras se sale a fumar. Pero eso sí: exigimos, exigimos y exigimos.

Al exigir demasiado, además de su carácter retroactivo y bidireccional, se corre el riesgo de tener que completar formularios, enviar quejas formales… seguir el procedimiento indicado. Y esa parte es la gran olvidada entre insultos e indignación. Con el también reciente ánimo afligido de que no sirve para nada, lo van a hacer caso omiso.



Queremos que asignaturas nuevas, las más “modernas”, las impartan profesores capacitados para ello, relativamente jóvenes, que prefieran ordenadores y teléfonos móviles a máquinas de escribir. Queremos que alguien que sepa de radio, imparta esa asignatura. Queremos más ordenadores. Más prácticas pero menos trabajos. Queremos no tener que entrar a las ocho ni tener que salir a las dos. ¡Y cuidado con el horario de los viernes! Que los jueves se sale.

Queremos todo y lo queremos ya. Y si es gratis, mejor. Y si no requiere esfuerzo ninguno, pues mejor que mejor.

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