22 de marzo de 2013

Texto: Lucía G. Carretero/@LGCarretero

Fotos: Juan Carlos Castro Simón/@Jimmyturunen

La tarde acompañaba a ello. El frío había dado tregua en las calles de Valladolid e iban a ser testigos de la primera manifestación de la primavera, segunda si contamos la de educación de por la mañana. Siete mareas. Según fuentes policiales, el cómputo total de colores ascendía a 3 500 personas, 6 000 según la Cadena Ser –que daba la noticia antes de que la manifestación terminara– algo exagerado la asistencia de 9000 personas que aseguraba el 15M.




Precedidos por la manifestación de las doce de la mañana, el paseo vespertino comenzó en la Plaza Mayor, donde las distintas mareas llegaban a cuenta gotas. Ya minutos antes, se podía percibir el jaleo: el Movimiento 15M esperaba en Platerías y, mientras, Jorge animaba con el megáfono. Una bata blanca levantaba de una silla de ruedas a una mujer de verde, enferma a grito de “¡venga, a trabajar!”. Por supuesto que la Sanidad pública –marea blanca– también protestaba ayer por la tarde.

Avanzando hacia la Plaza Mayor estaba la Marea Verde. Así alumnos y profesores adornaban de verde esperanza, con sus camisetas, paraguas y pancartas, las calles de Valladolid a grito de “la educación no se vende, se defiende”. Profesores de instituto y de universidad, con sus compañeros de trabajo y sus hijos pequeños con camisetas mini en defensa de la educación pública. 

Pasadas las seis y media, el colorido de la plaza –más vivo, más real, sin ser comparable al de las luces que alumbran el Ayuntamiento por las noches– comenzó el recorrido: primero la calle Santiago. Parados en Movimiento, el violeta de la Coordinadora de Mujeres, naranja Servicios Sociales, Justicia –que como aseguraba una de sus manifestantes de amarillo "eran pocos, pero más de los que habían sido otras veces"– todos, entre venta de chapas y camisetas caminaban hacia Miguel Íscar.


Una manifestación tranquila. Esta vez no podrían;criticar su conducta como forma de defensa o argumento en contra. Los manifestantes respetuosos dejaban que las parejas mayores cruzasen por los paso de cebra de la plaza España, dejaban que chicas jóvenes de compras paseasen tranquilamente por los laterales de la calle Santiago, y sobre todo, fueron los propios manifestantes los que alertaron a las fuerzas de seguridad en alguna ocasión en la que otros manifestantes iban a desencadenar algún incidente. La verdad es que estas “ocasiones” fueron escasas, por no decir que se trató de un caso concreto y no tiene por qué extenderse al conjunto de las mareas.
Plaza de la Universidad y retorno hacia la Plaza Mayor. Un protocolo que, por desgracia, ya es más que conocido dada la alta convocatoria de manifestaciones y concentraciones de los últimos tiempos: lectura del manifiesto y fin del #21M.




Digno de mención, ayer se reunieron todos con un único objetivo: la protesta en contra de recortes varios, en sectores primordiales y que afectan a todos. No importaba qué hicieras en la vida. Un espíritu de colectividad –colorida colectividad–  que reivindicaba lo de todos, lo público. Un tsunami de mareas cubrió el asfalto de Valladolid. Una ola de desapego, crítica e inconformismo que los medios de comunicación locales han tratado como una más, de forma demasiado aséptica, y que movimientos sociales puede que exageren. Una convocatoria más, que seguramente, tenga el mismo efecto que las anteriores: poco o nulo. Pero que parece no importar, la gente no se rinde. Parece que falta mucho para que eso ocurra.

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