18 de abril de 2013

CÓMO ESTAR SOLO


Enrique Zamorano/@EnriqueZamRod

El ser humano occidental contemporáneo, hoy en día, es incapaz de estar solo. Esto viene dado por el proceso de olvido de la personalidad de uno mismo que el sistema ha ido insuflando a través de la cultura global de masas. Antes todo el saber humano se registraba mediante dos formas de conocimiento: la memoria y los libros. Ahora, Internet es la madre del conocimiento y permite el libre acceso a cualquier tipo de información. Todos los libros que podría haber en una biblioteca años anteriores, con todos los saberes posibles, se encuentran al alcance de una mano, en un móvil que esté conectado a la red.

Mario el ermitaño. BigDani. Fotopedia
La máquina más poderosa que había en la Tierra antes era el cerebro humano, ahora es internet. Ha sucedido entonces, una especie de sustitución de la persona por el objeto, un reemplazo entre la inteligencia y la tecnología avanzada.

Por otro lado tenemos el caso de la publicidad, en cierta manera masiva. Esta publicidad masiva nos atiborra de mensajes sobre bienes y productos de consumo rápido para así anular nuestra capacidad de reflexión. Ya no merece la pena permanecer más de cinco minutos pensando cuando lo puedes tener YA. La rapidez, la inmediatez y lo finito es otra de las cualidades generales del mundo actual, en diferencia a los tiempos anteriores. Todo lo que no es rápido e inmediato al hombre de hoy en día le supone una angustia y un tedio que muy pocas veces aguanta. Por lo que para olvidar esa parte de sí mismo que tendía hacia la reflexión y que escuece dentro de nosotros, se tiende al consumo rápido y fácil, al entretenimiento inmediato que nos ofrece continuamente la publicidad masiva y los medios de comunicación. Pero amigos, todo se acaba una vez consumido. Entonces buscamos otro bien de nuevo rápido e inmediato  para solventar la pérdida del anterior y no caer en el silencio y la soledad. Este a su vez se vuelve a agotar, con lo que la vida del hombre se convierte en una espiral basada en el consumo.



Resulta que el éxtasis –un placer sentido segundo a segundo y acompañado de gratitud por el don de estar vivo y ser consciente- se encuentra al otro lado del aburrimiento absolutamente letal. Presta atención a la cosa más tediosa que puedas encontrar y un aburrimiento como no hayas visto nunca se te echará encima en oleadas, y a punto estará de matarte. Si consigues capear esas olas, será como si pasaras del blanco y negro al color. Como encontrar agua después de pasar varios días en el desierto. Un éxtasis constante en todos y cada uno de tus átomos. (David Foster Wallace, “El Rey Pálido”, Literatura Mondadori)

Ese dolor de dentro de nosotros que surge a través de la imposibilidad de estar solos y sin nada que hacer se acentúa a medida que vamos olvidándonos de la reflexión y del poder estar solos. De alguna forma te atrapa como una especie de droga maligna que hace que luchemos por evitar caer día a día, minuto a minuto, en el aburrimiento y en el estado nulo de actividad. El ser humano moderno recurre día a día y minuto a minuto a llenar ese espacio vacío del tiempo, y para ello lo llena con bienes de consumo rápido y actividades que en realidad no necesita y muchas veces ni si quiera se ha planteado consumir, pero sin embargo lo hace, porque se encuentra incómodo solo consigo mismo, escuchando su voz interior, que ha quedado prácticamente anulada por todo el ruido exterior.

El sistema que nos ha hecho “funcionar” de esta forma está muy consolidado y su circuito es cerrado. El hombre occidental moderno ha sido educado desde muy pequeño en la labor de satisfacer sus necesidades, unas necesidades que ya no son básicas, sino que las imponen por modas o costumbres ¿Acaso alguien eligió tener un móvil de última generación para permanecer todo el tiempo conectado? Claro que lo elegimos, pero porque la publicidad y las comunicaciones nos metieron antes en la cabeza que si no teníamos un móvil de última generación con el que estuviésemos conectados todo el tiempo no podríamos vivir en el mundo globalizadamente moderno.

El sistema imperante y la moral capitalista en su vertiente más radical que funciona en nuestros días está por tanto muy cerrada y es prácticamente imposible salir de su hechizo. Pero sin embargo, no todo está perdido. Las posibilidades de escape que tiene ahora mismo el individuo a la hora de evitar esa caducidad constante en el valor de los bienes que consumimos y meterse de lleno en sí mismo, aguantar al fin y al cabo la soledad y fomentar la capacidad de reflexión, son varias, y su práctica no apunta hacia lo imposible. Espacios de refugio interior a salvo del ruido de afuera los podemos encontrar en la música, en la lectura o en la naturaleza, por ejemplo. Estos son bienes que nunca se acaban, con lo que se pararía esa espiral de eterno consumo. Cuántas veces habréis podido escuchar una canción y no cansaros nunca de ella. Cuántas veces habréis leído un poema miles de veces y seguís sintiendo el vértigo de sus versos. Cuántas veces habremos respirado el olor de un bosque y nos habremos sentido vivos y complacientes con nuestra naturaleza.



Me gustaría hablar de la música en especial. Antes hablábamos que la cultura de masas y las nuevas tecnologías habían propiciado un universo en el que el individuo podía estar en contacto con los demás todo el tiempo y así evitar esa soledad. Pero como bien sabemos, es una falacia, debido a que es una compañía inventada, solo carente de realidad en el mundo virtual en muchos casos. Pero la música, además de funcionar como protección ante la angustia que nos produce esa soledad, ese vacío sin entretenimiento ni misión, ese silencio que seguro que todos hemos sentido a lo largo de nuestra vida como algo no erradicable, funciona como factor de unión entre las personas.

La música produce en nosotros conceptos diferentes debido a que es muy subjetiva, pero aún así nos hace sentir unidos. No hay nada como encontrar a una persona que lleva pegado a los altavoces lo mismo que tú, tanto que te sientes hermano suyo. Encontrar a alguien que sabes que al mirarle a los ojos al escuchar esa canción juntos que os gusta tanto, y saber que puede llorar en tu brazo, que estás compartiendo con él ese momento, sin necesidad de comunicación verbal o tecnológica, que esa persona ahora mismo está feliz porque al fin alguien le comprende cuando escucha contigo la misma canción, y que todos sus gozos y sombras se muestran cuando suena la canción que disfrutas tú también, al igual que sucede lo mismo en ti.

No dejéis que el consumo rápido os consuma, valga la redundancia, e invertid en las cosas que nunca se acaban y que aportan algo que muy poca gente se ha atrevido a conocer, que básicamente es el misterio que rodea al ser humano. Pero para ello es necesario estar solos, conseguir evadirse del ruido que hacen la multitud y los anuncios, seguir en la trinchera contra lo falso y buscar la felicidad fuera de todo valor económico, que es la base del capitalismo.

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