26 de abril de 2013

ENCIERRO EN FYL

Texto: Lucía G. Carretero/@LGCarretero

Imágenes: Juan Carlos Castro/@Jimmyturunen

Eran las nueve de la noche y la gente comenzaba a llegar a la facultad de Filosofía y Letras de Valladolid. Camisetas verdes espectantes y ojos de inquietud que esperaban que la convocatoria no fuese una más, que la gente se hubiera acordado de esta ocasión y que la asistencia mereciera la pena.



Una hora más tarde, entre bocadillos, bolsas de patatas y los primeros termos de café, el círculo iba formándose en torno a las pancartas de papel y betún para los zapatos que rezaban por una Universidad pública y de calidad. A partir de este momento, el hall, por el que a diario fluyen estudiantes con prisa, se convertía en el suelo brillante de las reuniones. Largos debates y conversaciones, con turnos de palabra organizados comenzaban a retumbar en la cristalera de entrada, donde un guarda de seguridad controlaba de forma discreta y se aseguraba de que los participantes formasen parte de la Universidad de Valladolid.

Una jornada tranquila que giró alrededor de las tasas, del Informe Wert -difícil de leer y todavía más de entender- y de la mercantilización actual que sufre la educación, donde priman los intereses económicos a los humanos y el verdadero conocimiento. La mención al papel que las empresas juegan dentro de la educación no pasó desapercivido. Patentes en investigación pagadas por grandes empresas que determinan qué se investiga y cómo se hace. Una inversión empresarial necesaria que los estudiantes allí presentes no rechazaban pero si querían matizar. Un reparto privado más equitativo y no de las grandes empresas que lo conforman como el Santander, Renault o Michelín.


El tiempo transcurría debatiendo mientras el círculo se desdibujaba, ya no todos estaban sentados, las camisetas verdes se iban recostando entre sacos y esterillas y los termos con cafeína se multiplicaban. Dos ocasiones tuvieron los asistentes para abandonar la facultad, una a las dos y la otra a las cuatro, aunque una de las puertas permaneció abierta toda la noche. 


El patio interior, que normalmente permanece cerrado, sirvió como "sitio para fumar" con bolsas de basura colgadas a modo de papelera. Después de los turnos de debate, se crearon los grupos de trabajo pero tanto la asistencia como el ánimo fue disminuyendo. Eran aproximadamente las dos de la madrugada y el cansancio hacía mella en estudiantes que habían asistido a clase esa misma mañana. 





A las ocho se ponía fin a la nocturna conversación a favor de la Universidad Pública. Quizá resulte otra anécdota tanto para los que allí estuvieron como para los que se oponían. Pero lo que ha quedado claro es que mientras haya gente dispuesta a formarse, que crea en lo público y no se conforme con las imposiciones inadecuadas, habrá participación y capacidad de acuerdo estudiantil.

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