28 de abril de 2013

TIROTEO EN ROMA

Lucía G. Carretero/@LGCarretero

El fin no justifica los medios. Ni si quiera en este caso, el fin es justificado aunque se merezca un reconocimiento en los medios de comunicación a la difícil situación por la que atraviesa el actor de los hechos. Una difícil situación nada extraordinaria ya que se ha convertido en la hostilidad diaria de la ex clase media. 
Sin trabajo, dentro del espectro de población parada (que más dificultad tiene y tendrá para encontrarlo) y armado. Así es como se ha presentado Luigi Preiti, el responsable del tiroteo de esta mañana en Roma ante la puerta de la residencia del primer ministro italiano, el Palazzo Chigi. Un acto nada justo cuando lo que se desea es mostrar el desacuerdo y la impotencia ante una clase política que lapida continuamente la vida de las clases media y baja. Nada justo cuando los heridos son dos carabinieris que ejercían su trabajo, sin entrar en debate sobre la moralidad que cierne a ciertos trabajos, y una mujer embaraza a la que la metralla ha alcanzado. Todos fuera de peligro según las últimas informaciones. 


Este hombre será juzgado. La noticia estará presente en los telediarios de toda Europa. Pero quizá, lo importante de lo acontecido la mañana de este domingo, resida en analizar profundamente lo que arrastró a este hombre a hacerlo. Según el fiscal que le ha interrogado, Pierfilippp Laviani, no se trata de una persona desequilibrada sino de un hombre lleno de problemas y desesperado que quería disparar contra los políticos y al no poder hacerlo, disparó contra los policías. 

Un hombre que ha cruzado la delgada línea que separa el suicidio del intento de asesinato. Que ha cambiado las tornas en lo relativo al sufrimiento intentando terminar con los causantes parciales de este padecimiento colectivo y no con el suyo propio. Porque hay que estar muy desesperado para poder consumar ambas cosas. 


No, evidentemente no estamos ante un semi héroe y el que cada uno ejerza su percepción de justicia no es algo que convenga a la sociedad. Pero antes de condenarlo como villano, quizá haya que pararse a pensar en su situación. En cómo las vidas de muchas personas forman parte de un bucle imparable de pérdida económica y de derechos. Sin fin y sin retorno.

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