29 de mayo de 2013

EL MERCADO DE LAS EMOCIONES

Enrique Zamorano/@EnriqueZamRod 

Nadie, excepto los poetas que la escriben y ciertos sectores del gremio académico, lee hoy poesía. Esto es un hecho irrefutable. (…) El ser humano de <<a pie>>, vive momentos de poesía cada día de su vida; lo que ocurre es que no se da cuenta de ello, porque si en alguna improbable ocasión se detiene a pensar en la poesía es para considerarla poco menos que como una absurda cursilada para afeminados, débiles mentales y ociosas gentes de mal vivir. (…)
El ser humano "de a pie", no sospecha que necesita la poesía para vivir; que de hecho consigue seguir adelante con esta interminable batalla de la vida gracias al espíritu de la poesía, que es lo que hace soportable en último término su existencia (…)
Lo que hace falta es una poesía íntimamente relacionada con la vida real de cada ser humano. (…) Si se le ofreciera una poesía que cumpliera ese sencillo requisito, no solo conseguiríamos que se formaran colas delante de las librerías, sino quizá algo más, algo que tantos escritores afirman desear: la “humanización” de nuestros semejantes a través de la literatura. 
Roger Wolfe, “Oigo girar los motores de la muerte (DVD Ediciones)”

La casi total deshumanización de las masas por parte del sistema es un hecho que preocupa de cara al mundo del arte. El artista, ese individuo raro y apartado es un ser “que padece constantemente la carga del mundo y de la sociedad”. Su misión, fuera del terreno comercial e individual, forma parte de un pilar fundamental en la sociedad en la que nos encontramos: posee la función de recordarnos lo que parece que hemos olvidado. Es un transmisor de ideas en un mundo casi des-idealizado debido al bombardeo constante de información y la libre circulación de las afecciones. Pero, ¿qué es esto? Ahora lo explicaremos de la mejor forma posible.

En primer lugar, debemos situarnos contextualmente. El capitalismo, según Eloy Fernández Porta, ha derivado en un tipo que el autor denomina “emocional”. Las grandes corporaciones y empresas de hoy en día, que antes se dedicaban simplemente a estudiar la oferta y la demanda para llegar a un consumo masivo a partir de un serie de campañas publicitarias, actualmente no solo hace intercambios comerciales, sino de sentimientos y emociones. Ello es debido al auge y desarrollo de las vías publicitarias mediante las cuales se vende el producto. La publicidad hiper-especializada hace que cualquier producto o imagen se nos vuelva irresistible y vaya aún más allá que el simple sentimiento de necesidad.



Buen ejemplo pueden ser los TV shows de los últimos tiempos, en los que su contenido ha ido a un plano más allá del entretenimiento: la emoción. Los programas de máxima audiencia son aquéllos que funcionan ya no solo como concursos o centros de debate. Hoy en día los programas que destacan son aquéllos que hacen pulsar la emoción del espectador, como un Shakespeare en tiempos antiguos. Los reality shows nos pueden servir de ejemplo: estos programas nos meten tanto en la vida de sus personajes, que acabas cogiéndoles cariño aún a pesar de no conocerles. Y juegan con las emociones del público para extraer sus beneficios, como por ejemplo, Gran Hermano, estableciendo su sistema de expulsión mediante llamadas y mensajes dirigidas a expulsar a aquél concursante que te guste menos o que peor te caiga.

Yendo más allá de los programas de TV, la imagen publicitaria hoy en día se ha hecho tan potente que es imposible no emocionarnos ante cualquier producto de consumo sea del tipo que sea. Antes deseábamos necesidades para satisfacer el tiempo libre, las ganas de entretenimiento… hoy en día consumimos porque de verdad sientes cierta liberación y emoción hacia el simple hecho de consumir. El mejor ejemplo para explicar de manera fácil esta idea, pueden ser las imágenes de las estrellas adolescentes y los líderes de masas. El perfil de adolescente admiradora de Justin Bieber, por poner un ejemplo, ha llegado a un punto en el que a pesar de no conocerle de nada, es capaz de “amarle con toda la emoción y sentimiento de su corazón” casi más que a sí misma. Y al fin y al cabo es una imagen, un producto de un mercado que ha sabido explotar de una manera brutal su agencia publicitaria. Yendo más lejos, no podemos olvidar los días posteriores a la muerte de estrellas del pop como Michael Jackson, en los que sus fans “no eran nada sin él en el mundo”, aún a pesar de no haberle conocido en persona durante la vida del artista, y tomaban orgullosos la opción descabellada e irracional del suicidio.



Todos estos ejemplos nos dejan ver cómo ha sido capaz de entrar la publicidad en nuestras vidas y de qué manera tan exponencial en los últimos años. Pero la publicidad es un falso amigo de la realidad. Y aún así, aunque el público consumidor lo sepa, sigue consumiendo el producto. “Aunque el reality show de este año sea una basura, sigo viéndolo porque soy fan del programa.”¿Y esto a qué nos conduce?  Por supuesto, a una sociedad totalmente idiotizada, desinformada y profundamente reducida al nihilismo cuando el producto se acaba, al “mono” consumidor de necesidades que siendo secundarias, se han vuelto básicas.

Volviendo al principio del artículo, el artista es capaz de sobreponerse a todo ello debido a su capacidad de creación y su condición de demiurgo.El artista y su obra, reducidos a sus conceptos absolutos, son uno en sí mismos, al descreer por nacimiento y manía de todo lo que ven u oyen. El artista es un ser puramente egocéntrico y egoísta pero de cara a su público. Es decir, su egocentrismo visto desde un prisma colectivo, ya que su obra comienza a funcionar, como decía Wolfe en el principio del artículo, cuando el público se ve reconocido en ella y, por consiguiente, se emociona.

Es por ello por lo que hay que retornar al mundo humanizado que nos plantean los artistas y que poco a poco se va perdiendo en pos de la imagen y el consumo constante e irreductible. El poeta español Leopoldo María Panero deja esto muy claro en una entrevista concedida a un periodista, la cual versaba así: “¿Cuál es tu consejo para las criaturas del mundo civilizado?” Y Leopoldo respondía: “El urgente establecimiento del orden pasional”. Y la pasión de la que nos habla el poeta, como es de saber, está y debe estar fuera de todo sentido comercial o publicitario, y más nos vale saber distinguir, ya que ese mercado de la emoción y del sentimiento del que nos hablaba Fernández Porta, no es más que una ilusión, un artilugio más directo al consumo y a la fe del consumidor en el producto que vende una empresa corporativa muy constituida y versada sobre la psicología de los seres humanos modernos.

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