4 de mayo de 2013

HIKIKOMORIS: JÓVENES EN HUELGA DE LA VIDA

Alberto Salazar/@alsalaz

Cuando un colectivo decide ponerse en huelga en nuestro país, por lo general se produce un parón de su actividad laboral durante un periodo de tiempo, durante el cual los trabajadores no cobran su sueldo estipulado. En Japón, se estima que cerca de dos millones de jóvenes se encuentran en huelga vital, o lo que es lo mismo, recluidos voluntariamente en sus habitaciones con un contacto nulo con el exterior. Es lo que se conoce como hikikomori, un fenómeno sociológico cada vez más expandido y que amenaza con traspasar las fronteras niponas.



Por lo general, la persona que pasa a convertirse en un hikikomori suele tener el siguiente perfil: varón, entre dieciséis y veintisiete años, con pocos amigos y que ha sufrido algún tipo de trauma (abuso escolar, fin de una relación amorosa, muerte de alguien cercano…) a lo largo de su vida. Sin embargo, los motivos que llevan a la gran mayoría de ellos a encerrarse de forma permanente en su casa son diversos, siendo la presión provocada por el sistema educativo del país del sol naciente uno de los más habituales y criticados.

Desde muy pequeños, a los japoneses se les educa de una manera muy estricta y estresante; ya en la guardería se les obliga a examinarse para comprobar sus capacidades. Los padres, tienden a apuntar a sus hijos a numerosas actividades extra escolares de cara a desarrollar todo su potencial. Tras la selectividad, considerada una de las más difíciles del mundo, los alumnos están en muchos casos exhaustos y en las universidades muchos dejan los estudios o no rinden a un nivel adecuado. De hecho, muchos centros universitarios se han visto obligados a cerrar debido a la escasez de alumnos en sus aulas. El desánimo que provoca haber tenido que esforzarse tanto para no conseguir sus objetivos provoca la decepción y la perdida de la ilusión en muchos de ellos.

Fotograma de un corto japonés que refleja la habitación de un hikikomori
Los hikikomori pueden llegar a pasar varios años encerrados en una habitación, acompañados de un ordenador, una videoconsola, comics u otro tipo de elementos que les ayuden a distraerse. Internet suele ser su refugio más habitual, dándose el caso de que muchos de estos japoneses tienen una vida social mucho mayor de la que tenían cuando llevaban una vida corriente. Su único contacto con el mundo exterior suele producirse a la hora de comer si bien, en algunos casos, las madres dejan a  los hijos la bandeja en el suelo para que estos no tengan que recibirlas.

Normalmente, la forma en la que afrontan los padres de un Hikikomori la situación suele consistir en el método del silencio: lo asumen como una vergüenza e intentan por todos los medios que su entorno (vecinos, familiares…) no conozca la situación que se vive en su casa. Es la madre la que desempeña el papel educador en la familia, por lo que también es ella la que sufre más al asumir la culpabilidad de la situación que vive la familia. El documental Hikikomori, jovenes invisibles muestra de forma directa cómo es la vida de estos jóvenes y la poca frecuencia con la que los padres del afectado deciden contactar con un experto (existen unos setecientos centros especializados en hikikomoris) para encontrar una solución al problema.


Algo falla en Japón para que una parte considerable de sus jóvenes, que empieza a verse como una generación perdida, decida huir por completo de la vida social y sitiarse voluntariamente en el interior de su cuarto.  Ya sea por la excesiva presión a la que les someten los padres desde que nacen, por el fracaso del sistema educativo japonés, por una cultura habituada a silenciar los problemas antes que a admitirlos públicamente…lo cierto es que este fenómeno continúa a día de hoy en aumento, y quién sabe si no se extenderá a países como el nuestro, en el que la situación, cada vez más, invita a no salir a la calle.

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