16 de mayo de 2013

LECTURA, ENFERMEDAD Y VIDA


Enrique Zamorano/@EnriqueZamRod


En estos días en los que la cultura del libro y la lectura se ha hecho más fuerte y ha entrado en la vida del público de una forma más potente, estaría bien debatir sobre la situación actual del mundo de la literatura.



Bien podemos decir que los escritores nunca fueron estrellas del rock. Y que muy pocos han llegado en vida a ponerse el vestido de mitos. Quizás actualmente un Enrique Vila-Matas, un Mario Vargas Llosa, o también, en un público más de best-sellers, un Dan Brown. Todos ellos y algunos más que he omitido, han sabido forjarse  a través de sus libros y su escritura, un personaje memorable.

Bolaño nos dejó y se hizo mito. Borges será símbolo de la poesía, del relato y de la magia de la literatura por siglos. David Foster Wallace, fuera del ámbito hispánico, a través de sus libros y su suicidio, inmortalizará para siempre su imagen difusa en un cielo gris entre las espigas.

Ambos casos, de escritores en vida y escritores ya muertos, son ejemplos para definir el poder que tiene un buen escritor a través de su tecleo en una máquina de escribir. Luego, viraríamos la mirada hacia autores mucho más underground como bien podrían ser toda esa lista de los llamados “poetas malditos” hechos a sí mismos o de manera infundada.



Con ello, se debe distinguir entre autores “malditos” como Bukowski, que se fabricaron su propia maldición, misterio y tragedia; y los autores “malditos” de manera infundada, son en mi opinión, los de verdad, los que no eligieron adoptar esa pose para alcanzar la fama y forjar su leyenda. En este grupo bien estarían entre los españoles, mis tres favoritos: la imagen viva de la destrucción Leopoldo María Panero, el poeta-músico gallego Lois Pereiro, el rockero madrileño Eduardo Haro Ibars, o el menos conocido casi por nadie en nuestro país, Félix Francisco Casanova. Por parte de las islas británicas, bien podrían estar en la lista Oscar Wilde, James Joyce o Dylan Thomas. En EEUU, como no, el poeta de América por antonomasia, el orgullo de las letras norteamericanas, Walt Whitman. Los franceses, ya más conocidos: Baudelaire, Rimbaud o Artaud. 

Es este grupo de poetas “malditos por inercia”, el que más interesa, pues es ahí donde reside la verdadera escritura, esa escritura según la cual, sino se escribe, el autor puede hallar la muerte por fuego, hielo y locura.

Ahora, la literatura no es solo poesía. Pero, sin embargo, la poesía sí es el género literario más puro, desde donde radica toda experiencia literaria, todo impulso literario, todo amor de aquí a la eternidad por los libros. Es por ello que muchos escritores que han escrito grandes  y numerosas novelas siguen buscando en cada una de ellas esa sombra poética que hallaron en su primer choque con la experiencia literaria.

El poeta tiene quince años. La poesía tiene quince años. Como dicen. Es un momento tan solo, una franja de tiempo escasa. Una chispa que marca tu vida de inmediato. Una especie de iluminación. Un parásito que hace de la literatura una necesidad. Que alimenta a su huésped de vida, lo raspa y lo sume en el dolor. Y todo ello da lugar a las letras y a los libros. Una novela no es más que eso. Pequeños poemas puestos en orden a través de la razón que construyen una historia. Decían por ahí que El Ulises de James Joyce contiene mucha más poesía que prosa.



El papel de un escritor frente a su obra no es otro que una búsqueda eterna e incompleta a lo largo de su vida literaria y humana, de ese primer momento en el que descubrió el fenómeno literario y poético en su ser. Su escritura, poco a poco, a través del paso del tiempo, se va contaminando de lo que el escritor lee y vive, yéndose por las ramas a historias y palabras inútiles, distanciándose de lo que de verdad quiere encontrar, que es la raíz en su vida de la experiencia literaria y poética que tuvo en aquel momento que le hizo agarrar un papel y un bolígrafo porque quería escribir sin ningún motivo aparente, simplemente porque algo le decía que tenía que contar cualquier cosa que incluso para el propio autor era infundada, aún a pesar de no saber la causa y la consecuencia de lo escrito.

Es por ello que os aconsejo que leáis desde el corazón y no con los ojos, pues si dejáis que una obra literaria solo entre por los sentidos físicos, no llegaréis jamás a sentir y encontrar ese fulgor misterioso que hace que para vosotros el mundo literario se convierta en una auténtica pasión y casi enfermedad que escuece. Un valor encontrado en los libros y en la escritura, que sin duda os acompañará a lo largo de toda vuestra vida y por mucho que queráis quitaros de él y por más cansado que os parezca su actividad, no os abandonará.

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