6 de junio de 2013

EL MAGO DEL CINE

Jorge Hierro/@Sahajaolana 
‘’Lo que empezó como una novedad se convirtió en algo más cuando los cineastas descubrieron que podían usar el nuevo medio para narrar historias. El cineasta Georges Méliès fue uno de los primeros en reconocer que las películas tienen el poder de capturar los sueños’’ La Invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011)



Hubo una vez un tuerto que, bajo la atenta mirada de un auditorio de estrellas entregadas a su momento de gloria, supo señalar sin miedo a equivocarse al creador de todas ellas mientras sostenía el galardón de la Academia del Cine. Trueba sólo creía en un demiurgo del celuloide clásico, un director decorado hasta la saciedad en el archivo periodístico de un servidor en las últimas semanas.

El cine ha deparado una cantidad ingente de directores de una talla que no se fabrica, de narradores gigantes de historias sencillas que evocan estímulos de todo tipo en el público, siempre soberano de las millones de interpretaciones que genera una sola representación abstracta de la realidad, y a veces esclavo de la seductora figura narrativa que reparte lágrimas, risas, zozobra, sueño y tensión en un embravecido mar de sensaciones. Y esto, más que arte, es magia.

En el presente 2013 hemos conocido pequeños avances del nuevo truco de magia de Juan José Campanella: Metegol. El guionista y director argentino, a su avanzada edad, ha dado zancadas de puntillas por el cine mostrando obras tan sencillas como magistrales allá por donde pasaba. Junto a él, en sus cuatro largometrajes, el encargado de hechizarnos con la labor de interpretación ha sido Ricardo Darín. No se recuerda una pareja tan idílica en el nexo dirección-interpretación desde que Jack Lemmon dibujara en blanco y negro (y a color) las obras maestras de Billy Wilder. Campanella recoge el testigo de la divinidad que otrora Fernando Trueba le entregara al excelso director austríaco.



Como sucede con la mayoría de buenos guionistas, en Campanella se desarrolla una excelente labor técnica de guion: los personajes se autodefinen en la pantalla sin necesidad de un narrador que llene de ruido un silencio que otorga contenido, evolucionan en diferentes niveles al compás de los puntos de giro y, al fin y al cabo, dan sentido a todo lo que el espectador ve a través de la pantalla. La otra faceta que la labor técnica no conoce es la que convierte a un buen director en un auténtico mago, y es la capacidad de transmitir sensaciones diferentes a cada ojo que visiona la película con una historia única. La persona que se sienta a ver una película de Juan José Campanella no espera la adrenalina que escupen los coches de carrera en una frenética persecución, ni el llanto fácil de una historia de amor mil veces contada de mil maneras disfrazada.

Las películas de Campanella tienen un inexplicable poderío emotivo, un componente emocional que bebe de la propia realidad cotidiana del espectador, quien conecta enseguida con el mediocre protagonista (llamémosle Darín porque no debe haber otro mejor), tan derruido y corrompido, tan solo, tan trágico que se deja conocer (y querer) desde la primera palabra y el primer silencio. Los géneros confluyen y se disfrazan unos de otros como en la vida misma, porque nadie vive anclado en un género, porque todos reímos, todos lloramos, todos sufrimos y todos disfrutamos. Porque a veces el humor entrañable salpica la situación más dramática posible, añadiéndole un acento diferente a la situación, un acento real.




Un acento, en este caso argentino, tan bonito como pasional, tan afligido como divertido, tan romántico y mimoso que merece ser querido. De todos modos, aunque no lo pretendan, amarán a Ricardo Darín, a Soledad Villamil, a Héctor Alterio, a Norma Aleandro, a Eduardo Blanco y a todos los extras argentinos por culpa de Juan José Campanella.

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