25 de julio de 2013

DIVISIONES Y APOYOS

Alejandro Andrés/@AlexRubio92

Después de un año fuera de España, las noticias que han marcado esta húmeda primavera me llegaban a mí de una manera en la que creía que cada gota iba a colmar el vaso. Cada manifestación, cada protesta, cada nuevo caso de corrupción, creía que calentaba a la población que un día abriría mi ordenador y vería que España había explotado. Los nuevos programas de información desplazaban al corazón de los ‘prime time’ de las televisiones. La verdadera soberanía del pueblo que llevan pidiendo desde antes del 15M –ese fue el momento oficial de nacimiento- estaba más cerca que nunca.


Nada más lejos de la realidad. El desembarco en Barajas desde Charleroi y el posterior traslado a Valladolid en un bus que iba cargado de gente del mismo avión –cada uno que vea esta frase con la intencionalidad que crea - me demostró la normalidad con la que vive España. Una España, o un pueblo español, al que desde hace ya más de doce meses que se le vaticina la situación de Grecia.

Ahora mismo escuchando la radio, y sin ser apocalíptico, el locutor, de quien no voy a decir el nombre para no hacer publicidad, habla de toda esa gente que trabaja en un puesto para el que está sobrecualificado. Y podría hablar, como otros días, del “puto amo” de ‘El soto del Real”, de payasetes que en España pueden llegar hasta el puesto más alto del gobierno, o de la oposición. O del paro. De esa cínica frase que se escuchará estos días cuando se comenten las “buenas cifras del paro”, en el que se pueden contar alrededor de 6 millones de desempleados.



Podemos hablar de la subida de tasas para los universitarios acompañada de los recortes en becas, del riesgo que corre el buque insignia de las universidades públicas, del hambre infantil en España –y en el mundo-, de que el problema de Rajoy no su dicción, sino su mudismo. Mientras todos afirmamos con rotundidad la veracidad de los papeles de Bárcenas se sigue comprando en Mercadona.

Podemos hablar de portadas, del mundo del periodismo, del de la construcción, del de la agricultura, la ganadería, la pesca, los astilleros, la minería, los médicos, los profesores, los funcionarios -a los que, en vez de recortar quitando la inutilidad, recortan quitando la paga a todos; justos por pecadores-, de Urdangarín, de EREs, del Constitucional, del resto de la Justicia, del sufrimiento de los autónomos, del problema de las diputaciones  -que en vez de eliminarlas las refuerzan para conservar, con mucho cariño y dinero, el caciquismo de finales del siglo XIX-. Podemos hablar de lo que queráis, pero a quien no le hayan dado por culo en ninguna de estos frentes abiertos, que deje de leer. Estas líneas no van para él.


No entiendo como sigue habiendo gente en los sillones, si es salir al terreno de campo y estar todo el mundo hasta los cojones. No entiendo como me he marchado un año y los temas siguen tan calientes como estaban mientras que los actos siguen congelados. Pero, sobre todo, lo que no entiendo es la desesperanza: no entiendo que después de un año fuera la gente siga poniendo el culo y siga diciendo “qué vas a hacer, si hay elecciones y saldran los mismos”.

Cada uno es libre de hacer lo que quiera. Cada uno es libre de decidir hasta donde pierde y hasta donde gana. Aquí nos han enseñado a tenernos distraídos con problemas absurdos y cortinas de humo. Nos han enseñado a luchar contra el que parece del bando contrario. Pero yo lo tengo claro, si aquí nos dividiésemos menos y nos apoyásemos más, las cosas habrían cambiado hace tiempo. ¿Apoyar a quién? Apoyar al ciudadano

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