17 de octubre de 2013

EL DETERIORO EN LA IMAGEN DE LA CLASE POLÍTICA

Elena G. Castañón/@Helen8392

Tras el fin de la dictadura franquista y con la llegada de la democracia, el panorama político en nuestro país se transformó radicalmente. En contraposición al Partido Único que regentaba Franco, se abrió un amplio abanico de posibilidades para los españoles, que en las elecciones generales de 1977 permitió a los votantes expresarse en las urnas, después de cuatro décadas sin poder hacerlo. Por aquel entonces había quienes tenían muy claro a quién dirigir su voto, sobre todo aquellos afines a Alianza Popular o al Partido Comunista, grupos más representativos de los dos extremos políticos de esa amplia gama de partidos. Sin embargo, la clave del resultado electoral la dieron aquellos votantes indecisos que se decantaron por una postura más moderada, otorgándole la victoria a UCD, liderado por Adolfo Suárez.
Cartel de UCD para las elecciones de 1977

La comunicación y propaganda política como instrumento eficaz de captación de votos, así como la importancia de la imagen de los candidatos, fue tomando fuerza desde las primeras elecciones de una recién estrenada democracia. No solo los carteles y panfletos eran más originales que hoy en día y las mentiras más sutiles, sino que los aspirantes a jefes de gobierno transmitían al pueblo sus ideales y futuras decisiones de manera más carismática y directa. El ejemplo de Adolfo Suárez y Felipe González basta para ilustrar la fuerza que la  imagen de los políticos comenzaba a tomar, con una personalización muy acentuada. Pero, ¿qué relevancia tiene actualmente la percepción que los ciudadanos posean de los políticos, teniendo en cuenta que ésta se encuentra desde hace años en la zona negativa de la balanza?

Antes de la renombrada crisis, la población solía tener muy claro a quién votar y a quién no y los errores se perdonaban más fácilmente, con una fe ciega en los líderes de aquellos partidos afines a la ideología de cada uno. El bipartidismo ya era marca España, pero resultaba más complicado hacer cambiar de idea a los votantes fieles porque la elección del voto era una cuestión ideológica, cuando todavía se creía en algo.

Ahora, en la decisión de voto influyen muchos más parámetros y las equivocaciones cuestan mucho más caras. La imagen de los políticos es fundamental para que los ciudadanos recuperen un mínimo de confianza en ellos y sus actuaciones. Cada paso de los principales líderes de los partidos se observa detalladamente, lo que provoca que afloren miles de motivos para dejar de creer en una democracia más que defectuosa. Meteduras de pata en redes sociales, problemas con los idiomas o comentarios desafortunados son, en mayor o menor medida, causantes de que la clase política provoque la risa, cuando no el llanto, de millones de ciudadanos decepcionados y frustrados con la misma.

Por el momento, la valoración de los líderes políticos continúa a la baja, teniendo en cuenta que, al margen de su imagen de cara al público, la toma de decisiones y medidas para mejorar la situación del país también deja bastante que desear. Hoy en día es más habitual que los votantes se guíen por la imagen que ofrecen los políticos y sus partidos y no tanto por sus ideales, los cuales quedaron enterrados cuando la economía comenzó a priorizar sobre todo lo demás. Actualmente, es tal el hartazgo de los ciudadanos que lo mínimo exigible a aquel que pretenda gobernar el país son dos dedos de frente o, al menos, que no tenga en su historial ningún caso de corrupción, lo cual se antoja tarea complicada.

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