19 de noviembre de 2013

ARCTIC MONKEYS O POR QUÉ EL ROCK NO ES UNA CIENCIA EXACTA

Alberto Salazar Peso/@Alsalaz

El concierto del pasado sábado de los Arctic Monkeys en Barcelona ha recibido hasta la fecha críticas muy dispares, aunque casi todas basadas en dos parámetros: los que aluden a lo puramente musical, consideran que fue un espectáculo soberbio. Los que, por el contrario, lo valoran negativamente, se refieren principalmente a motivos anímicos. Y es que los directos de los Sheffield, con más de 10 años sobre las tablas, dan mucho que hablar.

Fotos: Miguel Camarero Calvet
Antes de nada, es necesario hacer referencia a la actuación de The Strypes, escogidos como teloneros de los Arctic en su paso por España. El talento de estos veinteañeros unido a su completa entrega sobre el escenario pueden hacer mella en las comparaciones con el grupo principal de la velada. Dar una opinión sobre la actuación de estos chicos es similar a haber visto a Ronaldinho jugando en un campo de tierra con 15 años: no hay que ser un crítico de renombre para advertir el potencial que tienen estos melenudos irlandeses. Pero, como digo, pueden ser una manzana envenenada para los monos, ya que los jovencitos van sobrados de lo que los veteranos adolecen: ganas de comerse el mundo (quizás porque los segundos ya se hayan empachado de tanto éxito).



Alex Turner tiene muchos dones: su voz, sin ir más lejos, ha experimentado con los años una progresiva maceración que le permite jugar en registros que para otros resultan imposibles; así, pese a optar en AM, el último trabajo de la banda, por un tono más grave y reposado, sigue cumpliendo con creces en canciones que requieren frecuencias más agudas, como I bet You look good on the dancefloor o Dancing Shoes, ambas de su primer álbum. Pero el líder de la banda británica nunca ha sabido moverse con soltura en la sinuosa escalera que une espectáculo y arte. Así, por mucho que retoque con chulería una y otra vez su pelo arremolinado, parece seguir sin pulir una actitud que acompañe a sus composiciones más atrevidas y animadas.

Los Arctic tampoco son un grupo muy dado a las sorpresas sobre el escenario. Esta falta de improvisación, signo de una gran profesionalidad, tiene también su aspecto negativo, y es que no hubo NADA que se saliese de lo previsible para el bolo en la Ciudad Condal. Un setlist calcado al del día anterior en Madrid (y muy similar al de los conciertos que ha dado desde la publicación de su último disco) y una interacción con el público que se limitó a fríos agradecimientos en castellano y catalán a los que el respetable, plagado de féminas, respondía con sonoras ovaciones.



 Si algo se puede criticar a este menú sonoro tan estudiado es la fuerte presencia de canciones de ritmo lento en mitad de la actuación. Tras un comienzo arrollador, con temas como 'Do I Wanna Know?',  buque insignia del nuevo disco, o los añejos 'Brianstorm', 'Dancing Shoes', o 'Teddy Picker', los Arctic dieron paso a una sucesión de baladas, que se intercalaban con algunas de las canciones menos conocidas del nuevo trabajo y que hicieron pasar al público súbitamente de la agitación al movimiento de teléfonos de lado a lado. Es indudable la calidad de cortes como ‘Fireside’, ‘Crying Lightning, 'Piledriver Waltz’ o ‘Reckless Serenade’, pero juntar todos ellos en menos de media hora puede no ser lo recomendable si tu objetivo es hacer una transición hacia tu nuevo estilo y no un golpe de estado.

 Claro que, poco después escuchas los primeros acordes de ‘Fluorescent Adolescent’ y todo cambia; se rompe la frondosa barrera de gomina del tupé de Turner y reconoces a aquel chico que berreaba sobre lo aburrido que era vivir en una ciudad obrera a comienzos del siglo XXI. Y te das cuenta de que lo que estos chicos hacen ahora no es mejor ni peor. Es tan sólo el fruto de una madurez artística que no han tenido reparos en plasmar.



Y de esta manera, tras unos bises más prefabricados que las hamburguesas de un euro del McDonalds (‘Snap out of it', una preciosa versión semi-acústica de la legendaria ‘Mardy Bum’ y el acertado broche final con ‘R U Mine?’), los Arctic Monkeys se despidieron del Pabellón Olímpico de Badalona tras hora y media cronometrada de actuación. En definitiva, el concierto estuvo marcado por la belleza sin excesos, por el talento sin descaro, por la calidad unida a la sobriedad.

Si la música fuera una ciencia exacta, los Arctic podrían constituir un ejemplo de rendimiento óptimo sobre el escenario. Sin embargo, gracias al cielo, todavía el rock es una de esas disciplinas en las que el esfuerzo y la ilusión pueden (y deben) ser tenidos en cuenta. Y en este aspecto, los de Sheffield todavía están en pañales.

Alberto Salazar Peso es director de la Revista Cultural Independiente OffTopic.

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