26 de noviembre de 2013

CIEN AÑOS DE DESIERTO

Alejandro Andrés Pedrero / @alexrubio92

Un siglo ha pasado desde el auge de los nacionalismos en la música. Cien años desde ese momento en la historia en la que Rusia era la cuna del arte mientras España abría su huequito en el mapa internacional de la cultura. Ese apartado cronólogico en el que nuestros Granados, Albéniz y Falla dejaron testigo de que lo que este país podía parir.

Parecía que España tenía un gran futuro pero, desde entonces, este territorio no ha vuelto a vivir otra eclosión musical. Ni igual ni parecida. Porque lo que falta en este país es apoyo. Apoyo hacia la gente que un día decide dedicar su tiempo a aprender qué es eso de la música. Qué la desarrolla, la entiende y la disfruta para acabar dedicándose a ella que, al menos, da algún mendrugo para llevarse a la boca.


 Y mientras, los que menos valen, más llegan. Si algo nos ha enseñado la industria de las discográficas es que el mercado podrá regular muchas cosas, pero no funciona para seleccionar lo que de verdad vale en el mundo de la música. Mientras los grandes escenarios cubren a los que más venden, apoyados por una cara bonita, poca vergüenza y billetes verdes, buenos grupos de provincias no encuentran ni un bar donde demostrar por qué tocar es su hobby.

Porque el mayor problema sigue siendo el fomento del arte musical. En tiempos de la burbuja, las autoridades no ayudaban para que los músicos menores  tuviesen un lugar donde demostrar su valía. Hablo de grupos de barrio de folk, o de rock, o cuartetos y orquestas. Pero ahora que el recorte ahoga, no hay gobernante que se atreva a perder los euros que significan las licencias para conciertos que a muchos garitos les exigen, ni centro que mantenga, con menos recursos, su nivel.


Todavía seguimos creyendo que el problema es que somos un país de analfabetos. Seguimos entendiendo que si aquí no emerge la cultura, como sí ocurre en otras zonas del mundo, es porque tradicionalmente somos así. No contamos con el talento de todos esos músicos que, tras recoger el título en el conservatorio, van directos al aeropuerto. O la cuadrilla de amigos que deja de tocar para hacer un grado medio o una carrera y dedicarse a lo que da para vivir.

Y la culpa la tenemos todos. O nosotros cambiamos, o nada funcionará. Porque mientras la opinión pública siga pensando que en esta tierra no hay talento, no iremos a ninguna parte. La música necesita de recursos y, en lo respectivo a recursos humanos, nosotros tenemos suficientes. Solo hace falta potenciarlos. 

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