15 de noviembre de 2013

HAITÍ, JAPÓN, LEYTE

Clara I. Bozal/@ClaraBozal
Hacía tiempo que la naturaleza no ocupaba las portadas de los periódicos mundiales. Desgraciadamente, cuando el tifón más grande que ha azotado la tierra en los últimos años llegó a Indonesia, las catástrofes naturales volvieron a ser noticia.


El número de muertos causados por esta tormenta es incalculable, en un primer momento se habló de 10.000 muertos solo en la provincia de Leyte; ahora se estima que las víctimas mortales no asciendan a más de 2.500. La verdad es que nunca sabremos cuántas personas han fallecido, tal y como ocurrió en Haití el 12 de enero de 2010. Allí se estimó que la cifra de muertos era casi de un cuarto de millón de personas, pero años después esas cifras tan solo son conjeturas.

Detrás de estos caprichos de la naturaleza hay muchos afectados, personas que pierden sus hogares, sus ciudades y en muchos casos a sus familiares y conocidos. La ayuda humanitaria tarda días en llegar, y cada uno intenta sobrevivir como puede, ya sea asaltando almacenes de comida, saqueando tiendas o vendiendo lo poco que les queda para poder comprar alimentos. Pero llega un momento en el que al fin llegan los alimentos y la ayuda internacional. La tragedia vuelve a aparecer en los periódicos porque al fin ha llegado La Solución a todos los problemas.

Sin embargo, ya sabemos que la caridad no es infinita y aunque las consecuencias de un tsunami o de una tormenta perduran a lo largo de los años, los víveres y la asistencia son temporales. Tres años después del terremoto de Haití, el país aún no se ha recuperado del seísmo debido “a las promesas incumplidas de los países donantes y la falta de prioridades claras por parte de las autoridades”, denuncia Médicos Sin Fronteras. Tras dos años del tsunami que sacudió Japón la central nuclear de Fukushima aún es una amenaza y los daños estructurales en los edificios y vecindarios siguen siendo visibles.


Si algo tienen en común las catástrofes naturales es que aparte de ser mortales para gran parte de la población que las recibe, se olvidan con facilidad. Un terremoto dura unos minutos, sus efectos años, y la ayuda externa de los países que se “solidarizan” tan solo unos meses.

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