25 de noviembre de 2013

NOS GUSTA PROTESTAR

Berta Pontes/ @bertapontes

A dónde vamos a parar. El otro día El País sacó una noticia en la que se decía que una pianista podía llegar a ser condenada con hasta siete años de cárcel por ensayar en su casa. Al parecer, su vecina la denunció porque le molestaba el sonido del instrumento. Le parecía una “sobredosis de piano” que la chica tocara hasta ocho horas diarias, algo que fue negado por la pianista. La denunciante declaró que la cantidad de horas que practicaba su vecina le producían nerviosismo, alteración del sueño y ansiedad.

Teclado de un piano | Wikicommons


No sé cómo el dulce sonido de un piano pudo provocar tal queja, pero, eso es cierto, para gustos los colores. Si es verdad que una misma canción repetida varias veces hasta que sale bien es un poco cansada de escuchar, pero el extremo al que llega esta señora que ha denunciado a la pianista me parece eso, extremo.

El juicio se celebró y de primeras se pidieron 7 años de cárcel y la inhabilitación de la pianista para ejercer cualquier profesión que tenga relación con el piano durante cuatro años, además de una multa de 108.000 euros. Lo mejor de todo es que los padres también entrarían en el lote por ser cómplices, teniendo que cubrir una indemnización de 9.900 euros entre los tres. Al final, todo quedó en un susto para la pianista, ya que la pena se redujo a 20 meses y no pisará la cárcel, aunque se le aplicará el castigo de no poder tocar su instrumento durante medio año. Algo es algo.



Y digo yo, ¿no será mejor el sonido de un piano que el de unos tacones desfilando en el piso de arriba, un bebé llorando a las tantas de la madrugada o una aspiradora en la crítica hora de la siesta? Dentro de los ruidos los hay soportables, molestos y muy molestos. El ‘ruido’ de un piano encajaría en el primer grupo añadiéndole delante un plácidamente.


Nos hemos convertido en niños consentidos. En niños que, teniendo casi todo lo que quieren y demandan a sus padres, siguen pidiendo y esperando una respuesta que se adapte a su queja. ¡Nos quejamos por todo! Nos quejamos por cosas insignificantes que no tendrían importancia si no tuviésemos un mal día. Y a la hora de la verdad, a la hora de quejarse por lo que hay que quejarse, cuesta dar el paso. 

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