30 de diciembre de 2013

CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO

Lucía G. Carretero/@LGCarretero

Marca la X en la casilla de la Iglesia. Contribuirás a la mejora de la sociedad, a la donación de recursos básicos a familias necesitadas que al Estado del bienestar no le da la gana cubrir. Mejor salvar a banqueros.

Marca la Casilla de la X que cuando haya catástrofes naturales la ayuda humanitaria pagada por todos, infieles o no, se encargará de la reconstrucción de aldeas y pueblos y de proporcionar agua potable y alimentos de primera necesidad.



Marca la Casilla de la X que tu dinero irá destinado a mantener un Estado muy particular, de catafalco y oro, con fumatas blancas y Community Managers para el Twitter del Papa Francisco –que no ha sido nunca de derechas–.

Porque cuando necesites financiación para el patrimonio cultural, que tanto cuesta mantener en pie y brillante, sin excrementos de palomas ni femmens que enseñen sus pechos contra la Ley del Aborto, el contribuyente será el que pague.

Rayos y retruécanos como los caídos en Mallorca en la madrugada del 26 que redujeron a añicos la escultura que coronaba la parroquia de Pont d’Inca o el Santuario de Muxia, en A Coruña. Marca la X que su reconstrucción se llevará a cabo con dinero de vecinos y ayuntamientos. Porque el concepto de austeridad laica es menos permanente que la austeridad eclesiástica en un paisaje terrenal de necesidades económicas. Aunque en el cielo de las clases favorecidas, de divinos y mortales, el dinero continúe fluyendo. 


 ¿Dónde está la Iglesia cuando se la necesita para algo menos trascendental que el derecho a la vida, el matrimonio homosexual o la educación segregada por sexos en un Estado Laico? Porque los encargados de evaluar los daños causados por el incendio en A Virxe da BarcaCosta da Morte– son técnicos de Patrimonio a las órdenes de Feijoo y vecinos.

Si sumamos la contribución de la Xunta, de Muxia y de la Diputación de A Coruña obtenemos resultados económicos que equidistan considerablemente del interés mostrado por el Arzobispo de Santiago y el apoyo –económico– de la archidiócesis, aunque puede que no hayamos contado las plegarias.

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