12 de enero de 2014


Hace no mucho tiempo, el humorista gráfico José María Nieto ilustró nuestra retórica con una frase. La frase. “Las opiniones son como los culos, cada uno tiene el suyo”. Opiniones contraproducentes para algunos medios de comunicación que alardean de diligencia e independencia y apenas hacen referencia a ciertas informaciones. Y, quizá, porque las necesidades financieras mínimas de esta web han sido sufragadas por particulares inconscientes y no empresas, quizá por eso, hoy MANGO sea algo más impopular.



Pero hablemos de culos. Culos que no entran en una 34 pero se mueven con soltura en una 38 o 40, una talla “especial” para MANGO. A pesar de que sean las más vendidas en España y que el Ministerio de Sanidad situase la clasificación de tallas grandes a partir de la 48. “La curva es hermosa”, firmado: una mujer con curvas. 

Pero la línea Violeta, no representa ni la mínima parte de la falta ética que la empresa catalana comete en el desarrollo de su actividad diaria. 

Hace menos de un año –en abril exactamente– el Rana Plaza de Bangladesh se convertía en escombros mientras algunos de los trabajadores –con jornadas laborales estratosféricas y sueldos irrisorios– quedaban atrapados entre los amasijos. 


Concepción de deslocalización empresarial muy arraigada en nuestras “grandes” naciones, donde la explotación parece estar asumida y superada. Tanto es así, que la preocupación de las grandes multinacionales radica en indemnizar a los afectados mientras continúan con sus trabajos forzosos. 

Pero MANGO no. MANGO, ni siquiera se digna a desembolsar la indemnización porque –según asegura la firma– no había “formalizado una relación comercial”. Todavía estaban centrados en las inspecciones de calidad . Versión que difiere de la de los trabajadores de Phantom Tac, la fábrica con la que la firma negociaba, pues aseguran que, ya trabajaban marcando, cortando y cosiendo telas de 25 000 prendas.

Hasta que llega un medio –el New York Times–, de los poderosos, uno en los que la publicidad de Isak Andy no parece ser necesaria y desmonta sus argumentos para no pagar la indemnización de 40 millones.

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