27 de febrero de 2014

EL DÍA EN QUE EL FLAMENCO SE QUEDÓ HUÉRFANO DEL TODO

@Buronejo

Se había convertido en algo que era a la guitarra en el flamenco lo que Jimmy Hendrix era al rock, Miles Davis al jazz o McDonalds a las hamburguesas. Era un mito viviente, el rey del trono del nuevo flamenco, con permiso de su amigo Camarón. Era el mejor guitarrista del mundo, aunque no siempre lo admitieran las listas americanas. Ni falta que le hacía, lo suyo era el reconocimiento de sus compañeros, que siempre habían admitido que él era un caso aparte, un hito de la historia de la guitarra, un fenómeno que "no se repetirá en doscientos años". Uno de los músicos, guitarristas y flamencos más importantes de España. Uno de los artistas más importantes del siglo XX. Un icono.


Nacido como Francisco Sánchez Gomes en Algeciras, a caballo entre dos mares, donde el Atlántico se encuentra con el Mediterráneo, entre dos continentes, entre dos culturas, salió un dios payo del arte jondo creado por el pueblo gitano de Andalucía. Su legado artístico parte del hecho de que sería una aberración encontrar a una persona de este país que no supiera identificar las primeras notas de Entre dos aguas, que sigue representando con su sonido el carácter y la idiosincrasia española en el imaginario colectivo de fuera de nuestras fronteras.

Pocos músicos han logrado identificar tanto un género a su persona. Paco de Lucía era Flamenco, y supo verlo, analizarlo y abrirlo al mundo desde el conservadurismo que siempre imperó en este arte. Junto a Camarón y Enrique Morente estableció el nuevo lenguaje del flamenco, con cajón, que descubrió en Perú en un tour por Latino América, bajo eléctrico y percusión. Y fue mucho más allá. Jazz, bossa nova, música árabe, latina, hindú, todo tipo de fusión que, junto con su virtuosismo desmesurado, le abrió las puertas del Olimpo del reconocimiento global. De una música marginal, de clases bajas, al entusiasmo por parte del público culto e intelectual de todo el mundo: "Tuve que salir fuera de este país porque aquí siempre se ha considerado esta música como marginal y de gente de una clase social baja. Incluso mucha gente del flamenco llegó a sentir vergüenza de su procedencia". Este largo camino tuvo culminación en el reconocimiento de este género como Patrimonio de la Humanidad en la categoría de lo Inmaterial, del Arte, cuando todo el mundo supo que era a Paco a quien había que agradecérselo.


Desde que en 1963, con 15 años, partió a su primera gira por Estados Unidos como tercer guitarra del bailaor José Greco, no paró de recorrer el mundo llevando el arte en su instrumento. Los discos y las actuaciones en los siguientes años fueron haciendole grande, siendo apenas un chaval. En 1967, siquiera llegaban a los 20 años, conoció en Madrid a Camarón de la Isla, creándose así así el dúo que se tradujo en 10 discos. Ahí comenzó a gestarse el mito. Los dos mitos.

Los siguientes años trajeron su andadura entre los límites del flamenco y el jazz, porque Paco iba más allá. En 1981, lanzó junto a Al DiMeola y John MacLaughlin su album más vendido, "Friday Night in San Francisco". Los puristas se le echaron encima. Di Meola les dijo: "No se preocupen. Paco no está abandonando el flamenco, sino expandiéndolo". Como él mismo afirmó en 2004, "soy un purista dentro de mi aureola de revolucionario, vanguardista o creador. Sigo siendo un purista porque he respetado siempre lo que me parece que es respetable. Lo que no tengo es la obediencia que siguen los puristas, pero sí el respeto que merece la esencia, lo antiguo, lo válido. La memoria".

Dentro de esta memoria y revolución que aúnan todos los grandes de la historia del arte, siguió llevando el nombre de su tierra y su música por todos los rincones en los que desenfundaba su guitarra. "Mi carrera me la he pateado yo solo. Primero llenaba dos filas de un teatro; luego tres, y, cuando se llenó, se llenó para siempre". Tocó en los mejores recintos, teatros y festivales del mundo. El Royal Abert Hall de Londres, el Festival de Jazz de Montreal, Fez, Estambul, Oslo, Australia, China o Japón, que le profesan auténtica devoción, México, donde ha muerto en el lugar que le dio tranquilidad para una vida en la que tal vez ocho meses del año los pasaba de gira. En todos los lugares lo aplaudían en pie durante minutos.


El premio Príncipe de Asturias se lo dieron porque trascendió "fronteras y estilos y es hoy un músico de dimensión universal". Porque "todo cuanto puede expresarse con las seis cuerdas de la guitarra está en sus manos". Pero él más bien creía que era cosa de su propio destino, algo irremediablemente ligado a su vida desde que su padre le sacó de la escuela y le puso una guitarra en la mano cuando tenía siete años: "La guitarra es una hija de puta, la detesto. Es como una relación de amor y odio, que a mí me hace polvo. ¡Cómo me gustaría encontrar algo que me permitiera no tocar más!". Nunca lo encontró. Y ahora, como él mismo le cantó a Camarón, "Con lo mucho que yo lo quería se me fue de mi vera, se fue para siempre..." la música, seguramente, tampoco vuelva a encontrarlo desde el día en que el flamenco al fin se quedó huérfano del todo.

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