8 de marzo de 2014

CADA VEZ MÁS SUEÑOS AHOGADOS EN LAS COSTAS ESPAÑOLAS

@CriiisPalacio


Ya no nos resulta extraño oír noticias sobre inmigrantes que quedan a un paso de entrar en la península, que luchan con todas sus fuerzas por llegar a esta pequeña parte del continente europeo. Batiéndose en duelo con la muerte. Hace tiempo que estas noticias no nos chocan, tenemos los oídos acostumbrados a la palabra patera y los ojos familiarizados con escenas de muertes ante las costas andaluzas o tinerfeñas.

Foto: Íñigo Keller, ethic

No nos parece un asunto de gravedad, sin embargo deberíamos planteárnoslo pausadamente. Jóvenes, y no tan jóvenes, llegan casi diariamente a nuestro país en busca de cobijo. Tras horas y horas en medio de la nada, en medio del océano, ocupando balsas con capacidad para la mitad de personas que finalmente se atreven a subir, llegan a este pequeño trocito de tierra donde no se les acoge, la mayoría de veces, con ninguna buena gana. 

Solemos ir de modernos, con que los inmigrantes hacen muchas veces grandes cambios, puesto que la mano de obra española está prácticamente llevada por ellos. Llevada o explotada, según se mire. Y es que mucho nos quejamos de que no hay trabajo de ello, y que, si lo hay, siempre está destinado para los inmigrantes, pero tampoco nos damos cuenta de que nosotros no trabajamos a ese precio. Somos los que nos quejamos por todo. Por ganar poco desechamos el trabajo y cuando lo tienen otros, lo queremos. En definitiva: el perro del hortelano. 

Volviendo a los sueños rotos en las costas españolas, nos quejamos de vicio. Si creemos tener problemas, es que no conocemos las cientos de enfermedades que llegan del continente africano. Y otra vez a la carga, los españoles nos quejamos de que “encima de que vienen, se les paga la Seguridad Social”. Pero es que hablamos de vidas, de vidas humanas. De niños y adultos que se embarcan en este viaje, que esperan sin retorno, porque saben que, aunque el trayecto pueda ser un infierno, no es comparable con el que a menudo viven. Preferir morir en el intento, que vivir sin haberlo intentado. Su paupérrima calidad de vida les lleva "autotorturarse" en alta mar y, por si no fuese poco, a seguir haciéndolo en su llegada a tierra, saltando una enorme valla que les separa de vivir. 

Con que poco son felices ¿verdad? Nosotros que estamos aquí desde que nacemos, que no valoramos ser un país del primer mundo, que vemos lógico tirar kilos y kilos de comida en buen estado cada día, que nos parece normal gastarnos el sueldo en tecnología que apenas necesitamos, que viajamos por ocio a los países más desfavorecidos, solo viendo su situación, desde el exterior durante una semana, y luego regresamos al sillón de nuestro acogedor hogar. Y en contraste, ahí está el continente africano, donde los paises tercermundistas son mayoría, que suplica por un gramo de nuestros kilos de comida, que gastan lo poco que tienen en mantenerse a sí mismos, que viajar significa para ellos la búsqueda de la vida. Cuando subir a un barco es lo más parecido a embarcar en pequeñas pateras, a ciegas, con la idea de toparse con un trocito de nuestras “acogedoras” tierras.

Así está . ¿Cómo lo ven?

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta, interesante para reflexionar sobre el tema. Muy buen articulo

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