25 de abril de 2014

JUEZ, JURADO Y TESTIGO

Clara I. Bozal/ @ClaraBozal

La justicia en este país es irrisoriamente lenta. Esa es una obviedad tan simple y difundida como que dos y dos son cuatro. Pero en los últimos días hemos sido testigos de cómo los procesos judiciales también pueden convertirse en un ridículo espectáculo de masas (que apoye una candidatura a las elecciones europeas).


Quién es el protagonista de esta historia ya es complicado de asimilar, Elpidio José Silva. Una paradoja en sí misma al ser el nuevo juez juzgado (recordemos que en 2012  se vivió una situación parecida con Garzón). Sin embargo, esta vez el acusado se opuso a ser procesado en estos momentos y, finalmente, lo ha conseguido como consecuencia del aplazamiento del juicio. Para conseguir retrasar el proceso ha recurrido a todas las estrategias que han pasado por su cabeza, desde rechazar a su abogado como culpar a parte del tribunal de que no actue con “imparcialidad”.

Miguel Blesa, expresidente de Caja Madrid aseguró tras declarar en el juicio por prevaricación contra Silva, que cuando fue llamado a declarar tras la denuncia de Manos Limpias. sospechó que “no se actuaba de forma imparcial”. El juez que llevaba este caso era, lógicamente, Silva y finalmente logró enviar a Blesa a la cárcel.

Otra vez está cerca. La pescadilla que se muerda la cola. Ese momento en el que una persona exige que se le trate de la forma más justa cuando en el pasado él mismo no actuó de igual manera. Es evidente que el mundo no funciona, y no puede funcionar, siguiendo la pauta de ojo por ojo y diente por diente; pero aunque la justicia sea lenta (y se consiga aplazar) parece que finalmente sienta a cada uno en su lugar.

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