17 de mayo de 2014

PARA IMPACIENTES

La adolescencia. Esa edad crítica y convulsa en la que los seres humanos comienza a fraguar su futuro, a orientar sus estudios, las relaciones personales y los gustos. La época de los múltiples fallos y el aprendizaje a la fuerza y desordenado. Simples pautas orientativas porque la vida, incontrolable y caprichosa, es la que finalmente decide en quién te vas a convertir. Difícil etapa en la que se encuentra el movimiento 15-M con sus tres acelerados años de vida.

Fotos: Clara Bozal

15 de mayo de 2011, fecha en la que una nueva forma de pensar, entender y sentir nació –o se reinventó–  en la sociedad española. Pero como la vida no es algo que la sociedad haya inventado, no piensen que el nacimiento de este movimiento –que se había gestado en los años anteriores con la semilla del descontento y el calor de la rabia acumulada– es un nacimiento sin precedentes. La historia ha demostrado que todo, incluidos los movimientos sociales, forman parte de la vida social, política y económica. La OTAN, la foto de las Azores y la Guerra de Irak, los atentados del 11M y la falta de responsabilidades o, por ejemplo, la oposición a la Ley Sinde son algunos de los acontecimientos que han unido y concienciado a los españoles en la más reciente historia.

Los acontecimientos anteriores, aunque sentaron bases, llegaron al fin de su ciclo vital poco tiempo después de nacer. Sus demandas, en la mayoría de los casos, obtuvieron caso omiso de quienes debían escucharlas y sus objetivos concretos fueron acallados por la parafernalia política. Aunque, mal que pese a ateos y agnósticos, su vida continúa después de su muerte. Al menos, parte de sus estructuras y formas organizativas, sus espacios de actuación –el físico y el virtual– permanecen.

Quizá porque los objetivos y demandas que el movimiento 15-M reclama no se han logrado. Quizá porque mientras exista cierta forma pacífica de canalizar la desafección, la angustia y la incredulidad que ronda al hacer político este movimiento sigue teniendo sentido. Quizá por todo lo anterior, tiene tres años de vida y se encuentra en plena adolescencia. Pero como todo adolescente, se encuentra en una fase en la que la toma de decisiones puede dar lugar a un caos irreorganizable. Cuando era más pequeño, el solo pensar en convertirse en uno o varios partidos políticos le producía urticaria. Le gustaba jugar en las calles y en las plazas a ritmo de batukada. Tenía claro lo que quería pero no cómo lo quería conseguir. Ahora, tres años más tarde, puede que haya moderado su sentimiento antisistema –por favor, no interpreten esta palabra con connotaciones peyorativas en este texto– y puede que se haya resignado a que la única forma de acabar con el enemigo es desde dentro. Que jugar en las calles y plazas es divertido, pero debe intercalarse con acciones y conductas serias y concretas para que los desconfiados entiendan, de una vez, que no se trata de algo anecdótico. Ahora tiene claro que puede contribuir, por ejemplo, a parar desahucios. Y lo mejor de todo es que sabe como hacerlo. Ha madurado pero aún no es maduro. Algo que no parecen entender los que lo critican –destructivamente– y se niegan a admitir que, aunque poco a poco, cada vez es más consciente de sus retos, logros y fracasos.


No todos los adolescentes pueden salir a jugar en la plazas, pero eso no significa que no tengan ganas de hacerlo. Puede que hayan cedido parte de sus deseos y su tiempo a la responsabilidad de pensar en el futuro, que su vida se haya transformado en responsabilidades menos visibles, y puede también, que más efectivas y no por ello su vida ya no tiene sentido. Esperen. Tengan un poco de paciencia. Profundicen en los cambios y no se obcequen en los fracasos experimentativos. Parte del terreno no está explorado y el que queda por explorar puede resultar demasiado costoso como para obtener resultados inmediatos. Que van despacio porque van lejos. 

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