14 de junio de 2014

EL MUNDIAL HEREDITARIO

Fernando Cardenal Arenas

Fútbol sí, monarquía no, mundial no, república sí…y viceversa. Tarde o temprano dos de las realidades más mediáticas del momento tenían que verse las caras en el mismo artículo. Que el cetro y la corona de un país pasen de padre a hijo está ya muy visto, siempre se ha hecho, sin embargo muchas otras instituciones lo están poniendo de moda últimamente. Y, por suerte, ya no hace falta tener la sangre azul. El ejemplo que une fútbol y legado familiar no podía estar en otro lugar que no fuera Brasil, el país donde este deporte es más rey que en ningún otro lugar del planeta. Al menos hasta hace poco.
 
 
“No apoyo, no comparto y no vestiré de negro ningún día que haya partido durante el Mundial. No voy a manifestarme en contra, porque lo que había que robar, ya está robado”. A dos semanas de que diera comienzo la Copa del Mundo y a través de su cuenta en Instagram, las palabras de la directora ejecutiva del Comité Organizador Local de la Copa del Mundo, Joana Havelange, caían como una bomba, otra más, en la sociedad brasileña. Un testimonio para mirar hacia otro lado y no toparse con la denuncia multitudinaria que ha puesto sobre el mapa al “otro” Brasil. Manifestaciones y protestas en contra de un evento, no contra el fútbol, que para cualquier brasileño fue motivo de orgullo en 2007, cuando se conoció oficialmente la sede del Mundial 2014. Han pasado siete largos años desde entonces y los ánimos se han marchitado. Tan sólo la sangre Havelange parece resistir al paso del tiempo.
 
 
Declaraciones de Joana Havelange en su cuenta de Instagram

Y es que son ya tres generaciones las que han unido, más si cabe, a Brasil con el mundo del fútbol. La historia se remonta a 1974, cuando un cabeza de familia se convirtió en todo un Presidente de la FIFA. Sus primeras palabras al frente de la omnipotencia deportiva no podían ser más conmovedoras: quería transformar el fútbol en negocio. Vaya si lo consiguió. Durante 24 años, João Havelange lideró una cruzada por llevar el balompié a cualquier confín del mundo. Derechos televisivos, firmas publicitarias y conexiones comerciales que acabaron tejiendo una red sin escapatoria. Su última hazaña como máximo mandatario lo dice todo. El brasileño dejó 4.000 millones de dólares en las arcas de la FIFA tras cerrar los contratos de explotación televisiva y comercial de los Mundiales de 2002 y 2006. Un bonito adiós que más tarde se vería manchado por acusaciones de corrupción y sobornos.

Para aquel entonces, Havelange ya había cedido parte de su poder a alguien muy cercano. Con él en el mando, un joven de 42 años se convirtió en la máxima autoridad del fútbol en Brasil. Palabras mayores. El hombre al que acababan de bautizar como Presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol no era otro que Ricardo Teixeira, más conocido como su yerno. Una coincidencia bastante provechosa. De ahí en adelante muchos éxitos: tres Confederaciones, cinco Copas América y dos estrellas más en el escudo de la “verdeamarela”; pero bastantes sombras, tantas como para condenarlo a la dimisión de su cargo en 2012 bajo acusaciones de nepotismo, corrupción y clientelismo. Junto a su suegro, Teixeira percibió comisiones millonarias,  10,6 millones de euros para ser exactos, por parte de ISL, la agencia de márketing y de derechos televisivos ligada durante años a la FIFA. Una verdad que llegó demasiado tarde, pues Ricardo Teixeira ya había movido su última ficha mucho antes: conseguir que su país se convirtiera en sede del Mundial en 2014. Al frente de su organización local iba a sentarse una persona muy especial.
 
Porque la historia de amor entre el fútbol y los Havelange nunca terminó. La estirpe continuó creciendo, así hasta llegar a nuestra primera protagonista. Joana Havelange recogió el cetro de su padre como directora ejecutiva del COL. Desde entonces ha contado con 80 millones de dólares a su disposición y su sueldo se estima, según diversas fuentes, en 31.000 dólares mensuales. A años luz, el salario mínimo de los brasileños les empuja a salir a la calle, a protestar contra un evento cuyas infraestructuras ya han superado un 70 % lo previsto. En Brasil, la monarquía del fútbol, ya suenan los tambores del patíbulo.

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