17 de octubre de 2014

ESPAÑA, UN PAÍS DE CACIQUES

@JimmyTurunen

España es un país de caciques y no de los que hacen ron, aunque esos también se beneficien. Nadie tiene la culpa, nos enseñaron la democracia a base de pucherazos y así hemos salido o quedado, aunque a estas alturas del cuento como que los resultados dan lo mismo. Es lo que pasa, nuestro localismo nos impide ver más allá de la nariz y cuando nos sale un grano en la punta lo miramos con sorpresa, luego resignación, pero no lo sacamos para evitar marcas ni compramos cremas para erradicar futuros problemas.


Somos así, enfrente del televisor sabemos gritar, aunque nos sintamos más decepcionados por la última cantada de Casillas que por las tarjetas de black de Rato, eso más bien nos indigna, hace que apretemos el puño con fuerza hasta que nos clavamos las uñas en la palma de nuestra mano, como si pudiéramos decir que estamos defreaudados. Nadie en Caja Madrid/Bankia traicionó nuestra confianza, nunca confiamos en ellos porque, por su profesión, nunca lo merecieron.

“No todos los políticos son iguales”, dirá algún iluminado del tres al cuarto y puede que en la estadística la variación típica confirme alguna excepción. Sin embargo, no podemos quedarnos en eso e ir descartando como quien deshoja margaritas en busca del amor. No podemos y no debemos porque mientras lo hacemos hay quien seguirá riéndose cuando ve a alguien hacer cola para votar. No le señalará, porque sería descarado, pero a lo mejor le da las papeletas marcadas o corre la cortina para averiguar su opción política. Aunque, al fin y al cabo, reírse es lo de menos cuando encuentras casos tan escabrosos como este: Un dirigente del PP de Lugo llevó a votar a ancianos con demencias a las autonómicas de 2012.

España es un país de caciques y esto se debe repetir hasta que nuestros oídos se cansen de escucharlo. La ciudadanía no puede evitarlo, bien porque nació acostumbrada, o ya simplemente pasa del tema porque, como quien dice: “eso no lo votó”. De políticos que se aprovechan de su posición para hacer cosas que si no son ilegales, al menos sí son muy reprochables, a individuos que para conseguir más votos utilizan a personas que por enfermedad ya no podían hacer un uso consciente de su derecho al voto. Hay una delgada línea entre la risa y el insulto y en este caso parece que se traspasó con creces.

Solo es un caso aislado, en un ámbito en el que hay incluso quien puede opinar que fue un favor. Un hombre coge una furgoneta y recoge a unos pobres ancianitos que viven en una parroquia o pedanía – llamadlo como queráis – lejos de su colegio electoral y les acerca amablemente para que puedan hacer aquella acción que Franco les prohibió durante su dictadura. Si ponemos una música épica sonando en la radio mientras el hombre lleva a los desvalidos en su coche, seguramente Spielberg lo utilizaría para hacer una película de Oscar.
Poco más que decir, cuando haces un acto como este estás creyendo que estás por encima de la sociedad, utilizas a los enfermos para conseguir tus propósitos, pero también insultas a cada persona que aún cree que, pese a nuestro localismo, la democracia es posible en España.

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