27 de febrero de 2015

ACEPTO LOS TÉRMINOS DE USO

Juan Carlos Castro Simón




No hay duda: si hay que aceptar, se acepta. Internet se ha convertido en un producto de necesidad básica a la altura del pan o el agua. 'Malo será' que la empresa, en este caso una cafetería, reclame finalmente a tu primogénito.

Seis personas aceptaron las condiciones de uso de esta red wifi en un experimento que publicó The Guardian y que desarrolló la empresa de seguridad en internet F-Securuty y la Interpol. Al final, la cafetería, todo hay que decirlo, no se hizo la alemana y decidió perdonar la deuda a esas seis personas. Demasiada burocracia para un nuevo camarero/esclavo.

Aunque no lo parezca no todo debe quedarse en una mera anécdota. Hacer un experimento del que no se extraigan conclusiones es como enseñar a un tigre a leer y escribir, un esfuerzo inútil. En este caso, además, la conclusión es clara: No nos leemos las condiciones de uso, por mucho que haya un punto llamado 'Cláusula Herodes'.



Lejos de experimentos, ninguna aplicación o programa nos va a pedir la cesión a perpetuidad de nuestro hijo. Sin embargo, una vez marcas la casilla de 'he leído y acepto los términos de uso' tienes que saber que seguramente hayas cedido a una empresa una importante cantidad de datos que, en algunos casos, por eso del derecho a la intimidad, ocultarías hasta a tus propios padres.

Google guarda en un registro de tus búsquedas en su plataforma y si tienes la localización activada en tu móvil, también de tu ubicación y viajes. Estos son algunos de los ejemplos, pero hay muchos más. Porque si alguien pensó alguna vez que Google, Facebook o el mismo Twitter son hermanitas de la caridad y que su filosofía de empresa es el todo gratis, no hace falta decir que estaba equivocado, tanto o más que Sara Carbonero preguntando a Iniesta si le hubiera gustado lanzar un penalti.

¿PARA QUÉ QUIEREN NUESTROS DATOS?


El derecho a la intimidad es una libertad extraña, ya que en muchos sistemas es reconocido junto a la propia imagen aunque, en nuestro país, no es así. Hemos pasado de un mundo donde el oro era el objeto más preciado a otro muy distinto en el que los datos valen como el metal y adquieren una tonalidad más dorada si cabe.

Lejos de las extravagancias, como la que cometió Instagram al vender como propias las fotos que habían subido los usuarios a su plataforma. La consecuencia más directa de esta cesión es que las plataformas ofrezcan a los anunciantes la posibilidad de hacer campañas más focalizadas en su público. Lo que se suele reflejar en las famosas condiciones de uso como “proveer al usuario de información y contenido personalizado”, aunque a lo mejor, como reflejó el experimento de F-Security, nunca has leído algo por el estilo.

La verdad es que muchas condiciones de uso operan al borde de la ley, ya que en la mayoría de casos la intromisión en la intimidad que se produce es insultante. De hecho, es raro que estas condiciones consten de pocas hojas y es bastante normal que, además, estén solo en inglés, como es el caso de Whatsapp. Si una empresa de un gigante como Facebook aún no ha podido contratar a un traductor con paciencia para leerse el extenso texto en el que se especifican las cláusulas para utilizar el servicio, es que no les interesa que el público las lea.

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