11 de noviembre de 2015

LA GRAN MENTIRA IRAQUÍ

Isabel Pérez Pérez

Cuando llegan a nuestros oídos las palabras "Guerra de Irak" algo se retuerce dentro de aquellas personas que vivieron, sintieron o simplemente escucharon todo lo que arrasó a su paso. No solo se trató de una trifulca cuerpo a cuerpo ni de un baile salvaje de misiles, sirvió de alimento para crear odios, una vez más, hacia Occidente y hacia esas decisiones que se tomaron en contra de derechos humanos y principios éticos. En estos días  pasados, el mea culpa del ex primer ministro británico, Tony Blair, ha abierto la cámara de mentiras que un día se intentó cerrar.
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Lo que se conoce como Guerra de Irak o Segunda Guerra del Golfo fue fruto de intereses económicos, en concreto - y sin sorpresa- del oro negro que estaba y está presente en este distrito, uno de los primeros en cuanto a número de reservas petrolíferas. Oportunidad económica que los Estados Unidos no podía dejar escapar y que aprovechó con el pretexto de limpiar de armas de destrucción masiva el país. Estas últimas nunca se encontraron, en cambio sí se logró el principal objetivo: salvar a la antigua Mesopotamia de las garras de Saddam Hussein, quien -en teoría y sin ninguna prueba que lo confirme- mantenía una vinculación directa con el grupo terrorista Al- Qaeda.

 Este hombre de origen iraquí fue un dictador que sembró  odios por todo el país y cuyos mayores logros fueron liderar la  I Guerra del Golfo , cometer un genocidio contra la raza kurda llevando a cabo la destrucción de más de  4.500 poblaciones destruidas y  aldeas, y el  asesinato de  180.000 civiles. Estratega, con ansias de poder y creyente hasta el final de sus días.  30 de diciembre del 2006, la operación Amanecer Rojo tocaba diana y Hussein pronunciaba sus últimas palabras antes de ser ahorcado. "No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta."

Lo que sucedió a posteriori en  el territorio se reduce a un intento por parte de los chiíes y suníes de defenderse de las fuerzas multinacionales, que en aquel momento dirigían los mandos del país. El rechazo a los estadounidenses y a ese encorsetamiento  político y social se reforzó con grupos yihadistas, pero esta animadversión no solo iba dirigida a los Estados Unidos y al entonces presidente, George Bush. España, Gran Bretaña, Portugal, Italia, Polonia, Dinamarca, Australia y Hungría participaron en  este despropósito enviando tropas y atizando el nido de avispas. Todo por la paz, sin echar un vistazo a todos los ciudadanos que se opusieron firmemente a este juego de intereses monetarios, a pesar de que lo que nació después de eso fueron continuas revanchas con el número 11 como sello y con el Corán como leitmotiv.

Doce años han pasado desde que se inició una de las invasiones más conocidas y contrariadas de la historia, y son 12 los años que han tenido que transcurrir para que, al menos, uno de los paladines que defendió aquella barbarie haga un intento de disculpa. Tony Blair, en una entrevista concedida a la CNN (emitida el 25 del pasado mes), ha admitido que la información que se tuvo en cuenta para ocupar Irak y la planificación de aquello no fue correctas. Además atribuye el crecimiento del Estado Islámico a la toma del país por parte de esa unión occidental de la que formó parte,  afirmación que ayuda a escribir "Cumbre de las Azores" en las motivaciones del EI.

Son palabras que muestran cierto grado de arrepentimiento, a pesar de que se mantiene firme y declara que el derrocamiento de Saddam  era algo totalmente necesario para que Irak no se convirtiera en lo que es hoy Siria. En cambio, las condiciones por las que están pasando los iraquíes tras la posesión no es algo de lo que enorgullecerse. Los otros protagonistas del " Trío de las Azores" no siguen el ejemplo de Blair y se mantienen en su postura de que lo ocurrido en Irak fue un acto de buena fe y que (como afirmó Aznar en el año 2007) España salió ganando de esa reunión de risas, amiguismo y pies sobre la mesa.

Años transcurridos, lo único que puede hacer la gente que no tiene un poder directo para mover hilos de guerras y radicalismos es comprender que todo odio y rechazo tiene un por qué, y que las circunstancias vividas durante estos años de desencuentros y opresiones han hecho mucho más alto -aún- el muro que separa a los occidentales y civilizados, de los orientales y extremistas. Una idea equivocada que crece día a día y que se aviva con aquellos políticos que tienen petróleo en sus cuentas corrientes y que aún no han ido a confesarse.

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