24 de diciembre de 2015

EL BIPARTIDISMO HA MUERTO


. El turnismo y el cambio de los poderes entre el Partido Popular y el partido Socialista habían llegado a su fin. El último  intento de salvación con el mediático “cara a cara” entre Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, evidencio la realidad. Durante años hemos estado acostumbrados a que sino gobernaba el PP lo haría el PSOE, y viceversa, con algún intento de partido alternativo.
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Ambos líderes, ante la desesperación por conseguir los votos volados a los partidos emergentes parece que no dudaron en sacar sus armas más rastreras. Un Pedro Sánchez, con unos incomprensibles aires de ganador centro sus intervenciones, no en dar propuestas de futuro si no en faltar al respeto al que es el presidente del gobierno con las palabras como «El presidente del Gobierno tiene que ser una persona decente y usted no lo es».
Dos partidos vacíos, con ansias de poder perpetuo pero no  con ganas de cambiar las cosas. Polos opuestos chapados a la antigua, que creen que España continua siendo la misma que hace treinta años. Decepción tras decepción, cuando no han sido unos, han sido otros; porque aunque ninguno de los dos termine de admitirlo se han vuelto dos bandos corruptos, mentirosos y dañinos para la España actual.

¿De verdad que no se extrañan de la aparición y el crecimiento de partidos emergentes? Este, mi país, se ha vuelto un gallinero. El descontento y del descontrol reinan ante una población que aun quiere ser honrada y solidaria. Pero poco se puede hacer cuando quienes nos gobiernan se comportan como niños. El congreso de los diputados, institución que sirve para el control del gobierno, se ha convertido en un verdadero patio de colegio. Es la imagen perfecta de dos críos, encarnados en Mariano Rajoy y Pedro Sánchez, echándose las culpas mutuamente. “Tú has hecho esto”, “pero tú has hecho más”, “porque tú eres un mentiroso”, “pero tú eres más”. Y así es como se llega al consenso e mi país, a través de insultos y de riñas.

Así es como ha llegado a un punto de inflexión, en el que no espere nada de la clase política, que son los que se supone que deben velar por mí.

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