24 de febrero de 2016

Isabel Pérez Pérez 

La corrupción ya es como de  la familia para todos nosotros ¿Quién no se ha hartado de escuchar esa palabra en estos últimos años? Por poco causa urticaria. Después de ella todos los sapos y culebras que puedan existir (siendo finos y metafóricos) salen de nuestras bocas casi como un reflejo natural o como una extensión de la propia lengua. Los políticos  han tenido el gesto de incluirla en la jerga española y, según una encuesta del CIS del pasado 2015, se ha convertido en el segundo problema que más preocupa a nuestra sociedad.
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La cúpula del PP en Valencia, los casos de los EREs, Galicia han sido y siguen siendo el núcleo de muchas charlas de bar y sobremesa, no es sorpresa  que con los casos que afloran casi a diario el tema siga estando en el podio. De todos los partidos, de todos los colores, por sorpresa aparecen garbanzos negros o anfibios en todo nuestro sistema. Son más de 1700 las causas abiertas y casi incalculables todos los conocedores de ilegalidades que se han mantenido callados ante billetes, trajes y lujos alejados de las labores políticas. Esa condescendencia ante lo prohibido es un problema social que proviene del comportamiento primario de los mismísimos cavernícolas, explicado por un investigador de la Universidad de Reading.
Nikolaos publicó en la revista  Frontiers in Behavioral Neuroscience  que la práctica de la corruptela forma parte de nuestra mente desde la sociedad primitiva. Cuando nos faltaba carne en la tribu se la robábamos al vecino, olvidando que formamos parte de un entramado de vidas e intereses cuyo orden y equilibrio  dependen entre sí. Siglos después, cuando se supone que hemos avanzado lo suficiente como para encontrarnos inmersos en la era digital y  tener todo al alcance de la mano (sin esfuerzo), la corrupción sigue estando igual o más presente entre la población.  Pero no merece la pena achacarlo a la genética, a los impulsos primarios. Es la misma sociedad  o entorno el que anima al corrupto -con personalidad egocéntrica - a seguir poseyendo más cosas cuando ya lo tiene todo.
"Mirar para otro lado" ha sido lo más usual en el circulo de los señalados, aceptando ser cómplices del saqueamiento a las arcas del estado y, en la mayoría de las ocasiones, beneficiándose de ello. Ya no hay ranas y garbanzos, hay charcas kilométricas y camiones cisterna llenos de las nutritivas legumbres. Varias universidades han demostrado que recibir un soborno activa las áreas del cerebro relacionadas con el bienestar, siendo curioso lo que puede dar de sí ese término. Para la mayoría de los mortales se puede limitar a tener una casa y salud  (¡ya es bastante!), para el resto es recibir sobresueldos, coches de lujo y viajes a los sitios más exclusivos del planeta. En el caso de las ya famosas tarjetas black  el bienestar lo proporcionaban, por ejemplo, los snacks de las cafeterías -2000€ en ganchitos. La felicidad está en las pequeñas cosas.
Cuando salió a la luz el Caso de los ERE de Andalucía nos sentimos engañados, pero seguimos robando lápices de Ikea que nunca usamos y que rondan por casa durante años. Verle la cara a Urdangarín acudiendo al  Juzgado de Palma después de su imputación fue todo un festín, aún así seguimos "cogiendo" bolígrafos  de la oficina  o albornoces y toallas del hotel. Todos en menor escala somos corruptos y ,aunque no es ni comparable con lo que ha sucedido con los políticos de este estado, sí somos culpables de seguir votando a un partido plagado de ranas. Estamos apoyando la corrupción, o lo que es peor ,estamos cerrando los ojos ante quien roba el dinero del bolsillo de cada español.
No está todo perdido, con el fin de hacer una llamada a la tranquilidad colectiva y de salvar conciencias, hay una manera de controlar esas ganas de llevarnos lo que no es nuestro. Investigadores de la Universidad de Berkeley hicieron público un artículo en la revista Nature donde demostraron por medio de un experimento que la honestidad también tiene cabida en el cerebro humano. Para sacarla a flote y no mentir es necesario un gran autocontrol y conductas prosociales, algo que debería de ser innato para quien se dedica a la política y que- sin embargo- sigue faltando en este campo, donde abunda la frialdad emocional, el engaño camuflado y unos votantes demasiado permisivos. Quién nos vería votando indignaos si Francisco Camps o Alfonso Grau hubieran robado directamente de nuestra cuenta corriente…

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