22 de abril de 2016

30 AÑOS DE CHERNÓBIL

Isabel Pérez Pérez

El  26 de abril de 1986, cuando la Unión Soviética aún estaba en pie,  se produjo una de las mayores catástrofes medioambientales relacionadas con el sector nuclear. Hace 30 años de aquel fallo humano, cuyas causas y consecuencias  fueron camufladas hasta la caída de la Unión y que dieron como resultado 31 muertes directas. Más allá de este número, las vidas de los ucranianos, rusos y bielorrusos quedaron marcadas por la radiactividad desde aquel preciso día en el que el sector IV de Central Nuclear Lenin falló.
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La desgracia, y con ella el cesio-137 y el plutonio-239, se expandió como pétalos de flores a lo largo de la atmósfera hasta llegar a otros países europeos como Austria, Noruega, República Checa y Grecia. A España llegaron radiaciones menores a puntos concretos: Cataluña y Baleares. Pero sin duda las tres repúblicas soviéticas (Rusia, Bielorrusia y Ucrania) se enfrentan aún a día de hoy a radiación que permanece en su piel, en sus tierras y en sus alimentos. 
Una simple prueba que simulaba la capacidad del reactor ante un corte de suministro eléctrico produjo un recalentamiento a niveles tan altos que ocasionó la fuga de materiales radioactivos  y tóxicos, 100 veces mayor a lo expulsado en la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki en 1945. En el momento en el que la tapa del reactor (de 2 mil toneladas) se levantó de la presión, una columna radioactiva roja de 9 metros se extendió hacia el cielo, y más adelante con las lluvias sobre las tierras y el ganado que ahí estaban.
Los llamados "liquidadores" se encargaron de limpiar la zona, con el desconocimiento y la confusión propia de una catástrofe así. Bomberos, obreros y científicos se encargaron de esta labor contando con una protección insuficiente, fueron por tanto quienes mayores niveles de radiación recibieron, dosis consideradas letales. Miles de ellos, sin saber la cifra exacta, fallecieron y otros tantos presentaron desarrollaron malformaciones, junto con toda la población afectada. Con el paso del tiempo fueron condecorados como héroes, aunque ninguna placa les iba a curar del sufrimiento que iban a sufrir a causa de su deterioro en salud.
Entre los años 1990 y 2000 el cáncer afectó a un 40% más de personas en Bielorrusia: cáncer de riñón, vejiga, tiroides... Además de problemas en el sistema endocrino, nervioso, reproductor ,llegando a casi todos los rincones del cuerpo. Innumerables afecciones (también psicológicas ) unidas por una sola causa. Los niños que fueron evacuados de las zonas potencialmente peligrosas  también recogieron su pesar, enfermándose así para el resto de sus vidas; las pruebas a esqueletos fetales demostraron la presencia de la sustancia liberada más peligrosa en aquel momento: cesio-137. Datos que evidencian el enorme impacto sobre la salud humana que ha perdurado durante los años y que se supuso  cuando se tuvo que desalojar la población más cercana, Pripyat. Esta ciudad fue ocupada por animales salvajes que desarrollaron malformaciones y mutaciones alejadas de la evolución natural y que parecen sacadas de los cuadros de surrealistas.
Tras la catástrofe, la central sorprendentemente siguió funcionando 13 años, renunciando pues a salvaguardar la poca calidad de vida que podían tener los afectados de ese país y de países vecinos. En el año 2000 el último reactor se cerró y se procedió - aunque tarde- a la construcción de un sarcófago para aislarla del exterior y blindarla. Solo las frívolas excursiones que tienen programadas algunas agencias de viaje (con altos sistemas de seguridad) permiten la visitas  a este lugar desértico y testigo de las ambiciones y de los errores humanos. A pesar de la calamidad, de los conflictos que supone conseguir la materia prima de una planta nuclear (uranio y plutonio)  y de los peligros que conlleva, a día de hoy siguen en funcionamiento más de 400 centrales. Tropezando 400 veces con la misma piedra.

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