15 de abril de 2016

AL OTRO LADO DE LA GUERRA SIRIA

Ataviada con un hiyab del color de la piel y una sonrisa en la cara, Leila representa a todos aquellos sirios nacidos en España que sufren el conflicto de su país desde fuera. Han transcurrido cinco años desde el inicio de la guerra en Siria, un periodo muy duro para los que tienen que vivir a expensas de pequeñas informaciones acerca del estado de sus familiares. Sin embargo, todavía quedan algunos que comparten con el resto sus experiencias como espectadores afectados.


Leila viajó a una ciudad limítrofe con Siria y pudo observar cómo había cambiado su país y sus alrededores. “Los sirios no son bien recibidos, nos tratan mal” afirma. “En una tienda me preguntaron si era siria por mi acento de Alepo. Respondí que era española y la dependienta siguió insistiendo. Al final me despedí y salí de allí con mi madre sin contestar”. ¿Y qué pasa si reconoces ser de Siria? “Nada, el problema viene cuando te preguntan cuál es la situación política de tu país porque solo existe una respuesta”.


Por tanto, todo gira alrededor de la política y de Bashar Al Asad. Se trata de una realidad que todos conocen y viven, pero no deben hablar sobre ello en público, “más aún si estás en contra del régimen”. No debemos olvidar tampoco las elecciones de 2014, fecha en la que el presidente sirio renovó su mandato con el 88,7% de los votos, un número que no menciona el porcentaje de habitantes no capacitados para el sufragio ni el número de coaccionados.

Una vez más, la población es la verdadera víctima de la guerra. Además de la alta cifra de muertos (más de 366.000 personas), los habitantes que no intervenían en la contienda tampoco podían comunicarse. “No podíamos hablar por teléfono con nuestros familiares porque cortaban los cables”. Pero si algo nos puede sorprender es la rutina de un habitante en medio de una guerra civil: “La gente está acostumbrada a los bombardeos: si van caminando por la calle y escuchan un estallido, vuelven corriendo a sus casas y cuando acaba, vuelven a salir como si nada hubiese pasado”.

Y esto no es todo. La embajada siria no ayuda a quienes lo necesitan y se han registrado numerosos escándalos por parte de los servicios secretos gracias al último documento de Human Rights Watch, donde se detallan métodos de tortura utilizados y la localización de 27 cárceles donde se ponen en práctica.

El caos es el pan de cada día para los sirios, tanto para los que siguen en su hogar como para los que residen fuera. Los familiares de Leila están a salvo junto a otros refugiados, “pero lo han pasado mal y nosotros también”. Todos queremos volver a casa y encontrar cada cosa en su lugar, aunque ella misma reconoce que su país no volverá a ser el mismo tras la guerra. A pesar de ello, encontramos un brillo de esperanza en sus palabras. 

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