4 de abril de 2016

EL CAMINO HACIA EL OLVIDO

Rosa Martín 

Europa ha cerrado la puerta a los que huyen del terror y les ha dado la espalda. Han comenzado las expulsiones y devoluciones fruto del acuerdo firmado por los veintiocho con Turquía en medio de la polémica. Una “solución” a una crisis de refugiados que ya no pueden ser calificados así.

Refugiada siria. flickr.com

Desde que comenzara la guerra en Siria hace cinco años, son miles las personas que han buscado refugio en Europa. Algunos de ellos por unas rutas que no aseguraban el destino ni la vida, pero que era necesario tomar para huir de lo que ocurría en el país que les había visto nacer.

Siria es calificada a día de hoy como el país de los esqueletos, miles de edificios sin fachada,  solo con la estructura quedan en muchas de sus principales ciudades. La guerra tan solo ha dejado “piedra sobre piedra”. Crisis humanitarias asoman cada semana por pequeñas poblaciones que se resisten a dejar el que todavía se atreven a llamar su hogar. El hambre, el asedio, las bombas y las armas son el día a día de este país que hace un lustro perdió el rumbo de su historia.

Es comprensible que padres busquen a la desesperada una salida para conseguir un futuro mejor para sus hijos. La mayoría en todo el mundo lo hacen en cada momento. Cualquier ruta y cualquier dinero serán mejor que la muerte, la tortura, las violaciones y las vejaciones en un estado que ha perdido el control. 

Después de tomar la decisión de abandonar lo poco que queda de un hogar destruido, el mar es lo que parece más difícil, hasta que el gran muro europeo frena toda esperanza de cualquier hijo de la guerra. Europa se ha impuesto el papel de seleccionador y desoyendo a los defensores de los Derechos Humanos ha firmado un pacto casi con el mismo demonio para romper esperanza a aquellos que solo quieren vivir, a cambio de algo que nos saldrá muy caro.

Turquía, el socio de la Unión Europea en esta fácil solución para la crisis no es un país democrático. La palabra derechos no se encuentra fácilmente entre su legislación y es esto lo que le había impedido, hasta ahora, formar parte de este exclusivo club que forman los veintiocho. Ahora a cambio de este trámite con personas, se acelerarán todas las gestiones para que sea uno más del equipo (pasando por alto su falta de libertad de prensa, por ejemplo). 

Las deportaciones han comenzado en la pequeña isla de Lesbos llevándose las ilusiones de doscientas personas, en este caso pakistaníes y bangladeshíes al país turco. Allí no acaba su travesía, empieza un nuevo proceso en el que deben de luchar por no ser devueltos a su lugar de origen y ser aptos para que la gran Europa se fije en ellos y sean de nuevo reclutados para formar parte del selecto círculo de personas con derecho a un futuro esperanzador.

Europa no ve guerra más allá de sus fronteras, ve peligrar su economía y ve crisis que amenaza sus tierras. Ve individuos entre los que se pueden esconder amenazadas. Quien manda en Europa no ve a personas. Todo desde una cómoda posición. La que da el parlamento. La que da ser un alto cargo de un gran país con capacidad para gobernar el mundo. Una posición desde la que no habría que pedir asilo, no habría que caminar kilómetros, hacer una travesía por mar en una lancha a motor y ver como la familia es asesinada por terroristas.

Europa ha perdido la memoria que tenía y la poca humanidad que la crisis económica le dejó.

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