18 de abril de 2016

LIMPIEZA ÉTNICA

Rosa Martín

Cinco años de historia como país independiente. Tres de ellos de guerra.
Sudán del Sur consiguió la independencia tras años de sangrienta guerra civil entre un norte de mayoría musulmana y un sur principalmente cristiano. Días de felicidad ante una nueva etapa para un estado de reciente creación que no divisaba lo que le iba a ocurrir. La guerra, las violaciones, los desplazamientos y la muerte han marcado la vida de este país.

Mujeres sursudanesas en su "hogar" durante la guerra. www.anticapitalistes.net

En la guerra todo vale y para muestra la guerra civil de Sudán del Sur. Las violaciones entran en el salario de los soldados del estado y entre sus funciones se encuentra la de arrasar cada territorio por el que pasan. Un conflicto que ha sido renombrado: “limpieza étnica”

El 9 de julio de 2011, tras décadas de guerra civil, el país pudo liberarse del yugo del norte. Comenzaba una época de esperanza que se celebró con alegría y confianza. Salva Kiir Mavardit tomaba el control de la presidencia y Riek Machar se hacía con la vicepresidencia. Ambos prometían una nueva etapa para su país y juntos lucharían por el bien de este. A un lado quedaban sus diferencias, incluida la de pertenecer a etnias diferentes, lo que años después desembocaría en el declive del país más joven del mundo.

Sudán del Sur estaba compuesto por diez millones de personas en el momento de su independencia (hoy muchos han muerto o han huido). Cuatro millones de estos eran dinkas (como el presidente), dos nuers (como el vicepresidente) y el resto pertenecía a 52 etnias distintas. 
En 2013 Marvadit tomó la decisión que acabó con la esperanza del territorio y devolvió el terror a las calles del país: expulsó al vicepresidente y a todos los nuers del gobierno. Seis meses después la guerra civil era un hecho.

La situación del país y las dificultades para acceder a determinados territorios hacen que tener información de lo que ocurre sea difícil. Pero cuando esta llega es demoledora.
 El marzo de 2016, la ONU emitió un informe que daba datos sobre la situación del conflicto. Según el mismo, los soldados obligan a la población civil a practicar el canibalismo. Además las violaciones a mujeres entran en el salario de los combatientes, lo hacen por desprestigiar y demostrar poder, sin necesidad de deseo sexual. Y en ocasiones usan objetos que destrozan los órganos sexuales femeninos. Saquear cada territorio y no dejar nada en pie son órdenes explícitas. La parte más salvaje del ser humano está presente en un lugar en el que es imposible sobrevivir.

El conflicto de las etnias ha desembocado en un país de viudas. Miles de mujeres solas y recluidas en centros en los que su seguridad es su mayor preocupación. Los hombres del país se ocupan de la guerra en ambos bandos mientras que ellas luchan por sacar adelante a los niños ocultando a las demás las posibles violaciones sufridas para no ser marginadas en su comunidad. 
Uno de los países más inestables del mundo y probablemente más peligroso para ser mujer está borrado de los mapas de Occidente. La ONU y sus efectivos poco hacen por esta población que no conoce la paz; la comunidad internacional no la incluye en sus noticiarios con la excusa de mala accesibilidad. Y de repente esta guerra no existe.

Miles de muertos, millones de desplazados. Mujeres violadas que no pueden salir de sus nuevos “hogares” porque fuera les esperan sus depredadores para deshonrarlas. Niños sin educación entrenados para la guerra sin un futuro esperanzador. Un país roto de apenas cinco años de vida. La crueldad del ser humano de nuevo visible en un pequeño territorio de África.

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